De
cara al Bicentenario no advierto que los argentinos
estemos motivados por su celebración. Tampoco percibo
ánimo festivo especial, más allá de los actos y
feriados que se han programado y que no tienen la
envergadura y convocatoria que la ocasión podría
merecer. Sí es posible verificar que en los destinos
turísticos internos habituales las plazas están
colmadas aprovechando el fin de semana largo.-
A
partir de estas observaciones, me pregunto: ¿hay algo
para festejar?
El
Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810 debería
importar la celebración del nacimiento de una
comunidad política y social, lo cual supone la
existencia de fines comunes. Creo que los argentinos
no tenemos objetivos comunes, ni voluntad de
comunidad. Al menos no los tenemos como manifestación
pública y comprometida.-
Sin
ánimo de revisionismo histórico, ello tampoco ocurrió
en Mayo de 1810, ya que no fue la comunidad nacional
en su conjunto la que provocó aquella gesta, sino que
fue sólo el resultado de presiones y logros
comerciales buscados por intereses exclusivos de
Buenos Aires. De hecho, fueron vanos los posteriores
intentos de unidad política y organización de
gobiernos comunes, pues se desencadenaron prolongados
enfrentamientos internos. Después de cuarenta años,
para la sanción de la Constitución Nacional de 1853,
Buenos Aires todavía estaba separada del resto de las
provincias y su incorporación sólo fue posible
merced a una cruenta batalla fraticida.-
Superamos
esas heridas y divisiones hasta cumplirse el primer
centenario de la Revolución de Mayo, lapso durante el
cual las instituciones republicanas, aún con
falencias inocultables, nos proporcionaron una posición
de privilegio mundial.-
Pero
es evidente que nunca estuvo presente ese ánimo de
comunión, quizás agravado por la diversidad
inmigratoria, que tampoco traía voluntad comunitaria,
sino para "hacerse la América".-
Las
divisiones volvieron a aflorar y toda la
institucionalización lograda hasta el primer
centenario comenzó a desmoronarse frente a la
inexistencia de voluntad republicana: jamás hemos
valorado que la República era la prenda de unidad;
que lo público (por ser lo de todos) era lo que había
que defender y salvaguardar.-
El
autoritarismo fascista-populista-peronista de mediados
del siglo pasado dio lugar a revoluciones libertadoras
que negaron y proscribieron el pasado inmediato
anterior.-
El
discurso ambivalente del desarrollismo, asentado sobre
los votos de la proscripción, tuvo un final
previsible. Para ese entonces se asumió que las
instituciones republicanas no eran las que debían
contener a la Nación, sino que esa misión estaba en
manos de procesos de reorganización nacional, que
asumieron como guardianes del orden y dirigidos por
quienes estaban educados y formados bajo las reglas de
la obediencia y la autoridad.-
Este
ir y venir entre el intento de reorganizar y el de no
permitir el disenso, derivó en otro enfrentamiento
fraticida, con igual dosis de intolerancia y
fundamentalismo de ambos sectores.-
Una
nueva ilusión de estabilidad y unidad pareció surgir
en 1983. Sin embargo, pronto advertimos (porque no
supimos, no quisimos o no pudimos) que la democracia
-por sí sola- no alimenta ni educa.-
El
pasado vivido desde los fraudes patrióticos, seguidos
por las proscripciones y culminando en el mesianismo
militar, posiblemente nos llevaron al error de creer
que la democracia se agota en la elección popular de
los gobernantes, sin comprender que debe luego
encauzarse en las instituciones republicanas.-
En
nuestro caso, la democracia (entendida como
posibilidad de elección de los gobernantes) se ha
fagocitado a la república, producto, insisto, de la
inexistencia de comunidad.-
Pudimos
así ver repetidos proyectos de perpetración en el
poder de quienes ejercieron la primera magistratura.
Algunos no pudieron por sus fracasos o, valga la
paradoja, porque el poder real se lo entregaron a
quienes habían vencido en las elecciones, resultando
luego reemplazados por otro de los perdidosos.-
Todos
asumieron con la intención de cambiar lo anterior. No
recuerdo en los últimos cincuenta años que un
presidente argentino haya iniciado su mandato
declarando que iba a continuar y mejorar la obra de su
predecesor, salvo cuando la sucesión fue con vínculo
conyugal incluido.-
La
etapa agonal de la política nunca deja paso a la
arquitectura institucional, pues los gobernantes se
aferran al poder para construir proyectos hegemónicos,
generalmente excluyentes de la disidencia.-
Desde
1983 ya no se puede argumentar que esos gobiernos
fueron impuestos por la oligarquía, por el fraude o
por un golpe militar, puesto que resultaron de
elecciones generales de todos los ciudadanos. Esta
realidad me lleva a sostener que no son los
circunstanciales gobernantes los que fracasan, sino
que somos todos los argentinos los que repetimos
nuestros fracasos por la inexistencia de comunidad.-
El
Bicentenario nos encuentra más divididos que nunca y
con un desapego institucional-republicano gravísimo,
que no es sólo debido a los circunstanciales
gobernantes, sino provocado y consentido por todos
nosotros.-
Tal
es la división, que las cuestiones políticas que
hacen al manejo de la cosa pública (coparticipación,
utilización de reservas, entre otras) y leyes que
regulan políticas futuras (la ley de medios, la del
mal llamado matrimonio homosexual), terminan sometidas
al arbitrio judicial en lugar de establecerse merced
al diálogo, la argumentación y el consenso.-
Más
que un festejo, el Bicentenario nos obliga a
reflexionar y asumir un diagnóstico real y cierto del
proceso de desintegración político-social que
afrontamos, para torcer esta tendencia ya instalada.
Debemos encontrar y desarrollar la comunidad dentro de
las instituciones de la República que no se agotan en
la posibilidad de elegir popularmente a los
gobernantes.-