Sin comunidad no hay República

Dr Gustavo Martínez Urrutibehety *

"El Bicentenario nos encuentra más divididos que nunca y con un desapego institucional-republicano gravísimo, que no es sólo debido a los circunstanciales gobernantes, sino provocado y consentido por todos nosotros."
"Tal es la división, que las cuestiones políticas que hacen al manejo de la cosa pública (coparticipación, utilización de reservas, entre otras) y leyes que regulan políticas futuras (la ley de medios, la del mal llamado matrimonio homosexual), terminan sometidas al arbitrio judicial en lugar de establecerse merced al diálogo, la argumentación y el consenso."
"Más que un festejo, el Bicentenario nos obliga a reflexionar y asumir un diagnóstico real y cierto del proceso de desintegración político-social que afrontamos, para torcer esta tendencia ya instalada. Debemos encontrar y desarrollar la comunidad dentro de las instituciones de la República que no se agotan en la posibilidad de elegir popularmente a los gobernantes."

De cara al Bicentenario no advierto que los argentinos estemos motivados por su celebración. Tampoco percibo ánimo festivo especial, más allá de los actos y feriados que se han programado y que no tienen la envergadura y convocatoria que la ocasión podría merecer. Sí es posible verificar que en los destinos turísticos internos habituales las plazas están colmadas aprovechando el fin de semana largo.-

 

A partir de estas observaciones, me pregunto: ¿hay algo para festejar?

 

El Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810 debería importar la celebración del nacimiento de una comunidad política y social, lo cual supone la existencia de fines comunes. Creo que los argentinos no tenemos objetivos comunes, ni voluntad de comunidad. Al menos no los tenemos como manifestación pública y comprometida.-

 

Sin ánimo de revisionismo histórico, ello tampoco ocurrió en Mayo de 1810, ya que no fue la comunidad nacional en su conjunto la que provocó aquella gesta, sino que fue sólo el resultado de presiones y logros comerciales buscados por intereses exclusivos de Buenos Aires. De hecho, fueron vanos los posteriores intentos de unidad política y organización de gobiernos comunes, pues se desencadenaron prolongados enfrentamientos internos. Después de cuarenta años, para la sanción de la Constitución Nacional de 1853, Buenos Aires todavía estaba separada del resto de las provincias y su incorporación sólo fue posible merced a una cruenta batalla fraticida.-

 

Superamos esas heridas y divisiones hasta cumplirse el primer centenario de la Revolución de Mayo, lapso durante el cual las instituciones republicanas, aún con falencias inocultables, nos proporcionaron una posición de privilegio mundial.-

 

Pero es evidente que nunca estuvo presente ese ánimo de comunión, quizás agravado por la diversidad inmigratoria, que tampoco traía voluntad comunitaria, sino para "hacerse la América".-

 

Las divisiones volvieron a aflorar y toda la institucionalización lograda hasta el primer centenario comenzó a desmoronarse frente a la inexistencia de voluntad republicana: jamás hemos valorado que la República era la prenda de unidad; que lo público (por ser lo de todos) era lo que había que defender y salvaguardar.-

 

El autoritarismo fascista-populista-peronista de mediados del siglo pasado dio lugar a revoluciones libertadoras que negaron y proscribieron el pasado inmediato anterior.-

 

El discurso ambivalente del desarrollismo, asentado sobre los votos de la proscripción, tuvo un final previsible. Para ese entonces se asumió que las instituciones republicanas no eran las que debían contener a la Nación, sino que esa misión estaba en manos de procesos de reorganización nacional, que asumieron como guardianes del orden y dirigidos por quienes estaban educados y formados bajo las reglas de la obediencia y la autoridad.-

 

Este ir y venir entre el intento de reorganizar y el de no permitir el disenso, derivó en otro enfrentamiento fraticida, con igual dosis de intolerancia y fundamentalismo de ambos sectores.-

 

Una nueva ilusión de estabilidad y unidad pareció surgir en 1983. Sin embargo, pronto advertimos (porque no supimos, no quisimos o no pudimos) que la democracia -por sí sola- no alimenta ni educa.-

 

El pasado vivido desde los fraudes patrióticos, seguidos por las proscripciones y culminando en el mesianismo militar, posiblemente nos llevaron al error de creer que la democracia se agota en la elección popular de los gobernantes, sin comprender que debe luego encauzarse en las instituciones republicanas.-

 

En nuestro caso, la democracia (entendida como posibilidad de elección de los gobernantes) se ha fagocitado a la república, producto, insisto, de la inexistencia de comunidad.-

 

Pudimos así ver repetidos proyectos de perpetración en el poder de quienes ejercieron la primera magistratura. Algunos no pudieron por sus fracasos o, valga la paradoja, porque el poder real se lo entregaron a quienes habían vencido en las elecciones, resultando luego reemplazados por otro de los perdidosos.-

 

Todos asumieron con la intención de cambiar lo anterior. No recuerdo en los últimos cincuenta años que un presidente argentino haya iniciado su mandato declarando que iba a continuar y mejorar la obra de su predecesor, salvo cuando la sucesión fue con vínculo conyugal incluido.-

 

La etapa agonal de la política nunca deja paso a la arquitectura institucional, pues los gobernantes se aferran al poder para construir proyectos hegemónicos, generalmente excluyentes de la disidencia.-

 

Desde 1983 ya no se puede argumentar que esos gobiernos fueron impuestos por la oligarquía, por el fraude o por un golpe militar, puesto que resultaron de elecciones generales de todos los ciudadanos. Esta realidad me lleva a sostener que no son los circunstanciales gobernantes los que fracasan, sino que somos todos los argentinos los que repetimos nuestros fracasos por la inexistencia de comunidad.-

 

El Bicentenario nos encuentra más divididos que nunca y con un desapego institucional-republicano gravísimo, que no es sólo debido a los circunstanciales gobernantes, sino provocado y consentido por todos nosotros.-

 

Tal es la división, que las cuestiones políticas que hacen al manejo de la cosa pública (coparticipación, utilización de reservas, entre otras) y leyes que regulan políticas futuras (la ley de medios, la del mal llamado matrimonio homosexual), terminan sometidas al arbitrio judicial en lugar de establecerse merced al diálogo, la argumentación y el consenso.-

 

Más que un festejo, el Bicentenario nos obliga a reflexionar y asumir un diagnóstico real y cierto del proceso de desintegración político-social que afrontamos, para torcer esta tendencia ya instalada. Debemos encontrar y desarrollar la comunidad dentro de las instituciones de la República que no se agotan en la posibilidad de elegir popularmente a los gobernantes.-

 

 

 

 

 

 

 

 

 


* Abogado (Universidad Católica de Córdoba, 1983), Especialista en Derecho de Daños (Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 1994), Doctorando de la Universidad Austral.

Ejerce la profesión, asociado con otros profesionales, en sus oficinas de la ciudad de Córdoba (Marcelo T. de Alvear 68, piso 7º, of. "A", Tel.: 0351- 4246071/4262557) y de la ciudad de Buenos Aires (Montevideo 1012, piso 3º, Of. "F").

Es asesor jurídico de importantes empresas de Córdoba y el país (aseguradoras, industriales, agropecuarias y comerciales). El ámbito de su actuación profesional está orientado, con una sólida formación generalista, al Derecho Empresarial, Derecho de Daños y Derecho Laboral.

Ejerció la docencia universitarias como Profesor Asociado a la Cátedra de Introducción al Derecho de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales; y Docente Autorizado de la Cátedra de Filosofía del Derecho de la Universidad Católica de Córdoba.

Ha sido premiado por la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba por su obra Libertad de prensa vs. derechos de la personalidad. El derecho de respuesta, en el Concurso de Monografías Jurídicas de 1993, obra que fue publicada por la Academia.

Es Director de la Edición Córdoba (primer semanario jurídico digital del interior del país), editado por EL DIAL (primer diario jurídico digital del país). (www.eldial.com)

Ha participado en programas de post-grado, jornadas científicas, seminarios y cursos sobre diversos aspectos relacionados con su actividad profesional.

Es autor de numerosos trabajos de investigación jurídica, artículos doctrinarios, notas a fallo y comentarios periodísticos, publicados en revistas especializadas y otros medios de difusión

  

 



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