|
A
diario se alude a la profunda crisis por la que atraviesa la
República Argentina. Una crisis institucional, social, jurídica,
política y económica. No hay duda de que esto es así.
Incluso ha sido objeto de especiales y expresas
consideraciones, como la realizada por el Papa Juan Pablo II
en el mes de febrero pasado.
Esa
crisis es de tal magnitud y alcance, que hoy parece más
acertado hablar de una honda crisis de credibilidad (que se
traduce en ausencia o prescindencia de la confianza), y de
una tremenda crisis moral (que se traduce en la ausencia o
debilitamiento extremo de valores fundamentales como la
honestidad, la austeridad, el respeto a la ley, la
responsabilidad por el bien común, la solidaridad, espíritu
de sacrifica y de trabajo).
Tamaña
situación difícilmente sea el fruto de un gobierno
negligente, de legisladores corruptos, de uno o dos decretos
de raíz delictiva, o de nefastas medidas económicas. La
crisis argentina no comenzó en noviembre del año pasado, y
resulta muy dudoso que podamos determinar sus albores.
La
crisis llega enraizada de tal manera en nuestra cultura, que
nos impide siquiera mensurarla, al tiempo que parece
autogenerar una anestesia, que a manera de psicotrópico,
por un lado nos dormita, y por el otro nos alucina con
recetas económicas, mostrándolas como el comienzo de la
ruta que aliviará todos los otros males.
Prueba
de ello, es que frente a semejante realidad por la que
atraviesa la República Argentina, las Universidades están
en silencio. Frente a la tremenda emergencia en la que se
encuentra el Estado de Derecho, los claustros de abogacía
no parecen más que reflejar el frío antártico, y los
nucleamientos de letrados y organismos y academias de
derecho, que deberían encontrarse en sesión permanente,
parecen estar atontados como en la peor siesta santiagueña
de enero. Ni una voz, ni un dictamen, fuera de alguna
expresión de repudio a la mayor atrocidad jurídica de la
historia argentina llamada corralito, casi delictivamente
apañada por el Poder Ejecutivo.
Si
la sociedad argentina pudiera advertir la gravedad de la
situación por la que transita, debería ser hoy un ámbito
de debate y discusión permanente. Las plazas y otros
lugares públicos serían verdaderos foros. La sociedad
argentina abriría sus puertas para expresarse, escucharse y
decidir. Ese sería un tibio signo de que, pese a encabezar
el ranking de países apocalípticos, tenemos algún dominio
de nuestro futuro.
Sin
embargo, sólo hay puertas cerradas. Las Universidades no
han acusado el impacto. Las opiniones científicas están
resentidas y desmotivadas. Las instituciones intermedias,
gubernamentales o no, fijan en otros estándares las
preocupaciones. Los partidos políticos están empapados de
vergüenza, los movimientos vecinales se van apagando en el
desconcierto y en las dificultades de canalizar sus
inquietudes.
Estamos
dominados y enceguecidos por metas económicas y
financieras, sin advertir que no alcanzarlas es una pura
consecuencia de problemas muchos más graves que aun ni
siquiera hemos pasado en limpio. Es como intentar construir
un edificio comenzando por el segundo piso. Por esta razón
venimos insistiendo en que el derecho subordinado por la
economía, se ha convertido en una trampa mortal que
terminará por aniquilarnos frente a los demás, y
paulatinamente entre nosotros. Y en todo caso no se trata de
que termine la recesión, sino de que dejemos de prepararnos
para la próxima.
Creer
que la salida de la “crisis” por la que transitamos se
encuentra en un buen programa de gobierno, en una generosa
ayuda financiera externa, o en un ingenioso molde económico,
refleja no haber comprendido la gravedad de la situación.
Representa una sociedad que ante el peligro frente al que
está expuesta, esconde su cabeza como el avestruz.
La
sociedad argentina debe enfrentar “su realidad”, dejándola
de llamarla y de concebirla como “crisis”.
La
“crisis” es, en sí misma, un proceso de mutuación, de
cambio, en el que la consecuencia general puede ser positiva
o negativa, aunque siempre distinta a las condiciones
inmediatas anteriores. Después de una “crisis” nada, o
casi nada, debería ser lo mismo. Por el contrario, en
Argentina la crisis se enarbola cuando se pretende que nada
cambie.
Por
su parte, como proceso de mutuación, la “crisis” es
naturalmente acotada a un determinado espacio temporal. Podríamos
hablar de crisis largas, pero no perdurables, porque la
crisis no es más que un transporte de una estado a otro, y
no puede reputarse un estado en sí mismo. El tremendo temor
o la cobardía de enfrentarse la realidad, y una falsa
concepción de orgullo nacionalista, explican en parte los
motivos por los cuales la crisis argentina es un estado en
si misma.
La
sociedad argentina debe pensar en anunciar el final de la
crisis, reconociendo su nueva (vieja) realidad, sin más
hipocresías ni sutilezas. Pero cuidado: el final de la
crisis, no es un punto de llegada, sino de partida.
Por
eso, para comenzar, debemos aceptarnos, no inmersos en una
crisis, sino inmersos en una nefasta realidad; nuestra
realidad. El ser argentino no debe relacionarse al ser
ideal, sino al ser real. Ello se logra, en la individualidad
con cambios internos de cada ciudadano, pero en la
generalidad, como sociedad, con cambios externos construidos
en bases sinceras.
Y
si la deuda externa (eterna y extrema) es el marca paso de
nuestro futuro, pues deberá tener su apartado y especial
consideración en la Constitución Nacional, pues tremenda
responsabilidad no puede quedar en manos de un Ejecutivo de
turno, y ni siquiera de legisladores.
Es
hora de dejar de esconder la cabeza como el avestruz, y
comenzar a resurgir de las cenizas como el Ave Fénix.
*abogado
- Secretario Académico
de
la Sala Penal del Colegio de Abogados de Córdoba
palaciolaje@onenet.com.ar
|
|