Esther
MADRIZ impartió varios cursos sobre criminología,
delincuencia juvenil y violencia contra las mujeres en la Universidad de
Vanderbilt, en el Hunter
College de la ciudad de New York, en la Universidad Católica de Caracas,
Venezuela, y en la Universidad Iberoamericana de Tijuana, México. Se
desempeñó como Profesora Asistente en el Departamento de Sociología de la
Universidad de San Francisco, California; fue Vicejefa de la Sección
Mujeres y Minorías de la Academy of Criminal Justice Science; y
recibió su maestría en Administración de Justicia Criminal en la
California State University, y su doctorado en la Universidad de Vanderbilt,
en 1992. Por la obra que comentamos, que fue publicada en inglés en 1997 y
traducida al castellano poco después de la muerte de su autora (2001),
Esther MADRIZ
fue nominada al premio Charles Wright Mills, uno de los más prestigiosos en
el campo de la sociología.
Para
escribir este libro, la autora acudió al relato directo de mujeres, por lo
que decidió realizar grupos de encuentro y entrevistas “en
profundidad” -que llevó a cabo en el ámbito de las ciudades de New
York y New Jersey- con mujeres blancas, afroamericanas y latinas,
adolescentes, adultas y mayores, todas ellas de diversos sectores sociales y
económicos. El grupo de mujeres pertenecientes a minorías y adolescentes
superó al resto, en forma
deliberada, ya que MADRIZ
considera que esos grupos, en la mayoría de los estudios relacionados con
la delincuencia, se encuentran subrepresentados. El método utilizado
permitió una mayor comodidad y sinceridad de las participantes –que fueron voluntarias- y una mayor flexibilidad de los
interrogantes de la coordinadora –la propia autora- para lograr una mayor
comprensión de los sentimientos de las mujeres y sus preocupaciones
respecto de la delincuencia.
El
título de la obra se inspira en una frase que la madre de MADRIZ le decía “Si
eres una niña buena, nada malo te pasará” y, a su juicio, ese dicho
describe el control social y político que el miedo a la delincuencia ejerce
en la vida de las mujeres.
El
libro se estructura en ocho capítulos: 1.
INTRODUCCIÓN. El contexto del miedo a la delincuencia. Viviendo con el
fantasma del miedo. La construcción social de la delincuencia. El miedo a
la delincuencia entre las mujeres: la paradoja del miedo. La representación
de delitos contra las mujeres en los medios de comunicación. 2. CÓMO SE
HACE UNA NIÑA BUENA. Se buscan chivos expiatorios. Perspectivas sobre la
delincuencia y las mujeres. La delincuencia, las mujeres insumisas y el
control social. Por tu propio bien. 3. EL MIEDO A LA DELINCUENCIA COMO
CONTROL SOCIAL. ¿Preocupada, inquieta, asustada o simplemente furiosa? ¿Diferentes
palabras o diferentes mundos? Una posición de miedo. Miedo a la
delincuencia y vulnerabilidad social. ¿Y qué pasa contigo? El acoso sexual
y el miedo a la delincuencia. La violencia íntima y el miedo a la
delincuencia. ¿A quién le tienes miedo? Una vida limitada. 4. VÍCTIMAS
INOCENTES Y CULPABLES. La construcción social de la víctima. Imágenes de
mujeres como víctimas. Las mujeres blancas como víctimas. Dicotomía de
las víctimas. Sexualidad y ataque sexual. Hacia una tipología de las
mujeres víctimas. 5. LA CREACIÓN DE PROSCRITOS. El delincuente como
proscrito. Los delincuentes como animales. Criminales deshumanizados. Lo que
creemos sobre las causas de la delincuencia. Los actos delictivos como
encuentros al azar. 6. EL MANEJO DEL MIEDO. La estrategia del aislamiento.
Endurecer el blanco. Estrategias de disfraz. En busca de guardianes. Ignorar
o negar el miedo. Proteger a los niños. Protección portátil. Devolver el
golpe. La protección policial y el miedo a la delincuencia. ¿Qué pueden
hacer las mujeres? 7. CONCLUSIONES. Enfrentando los miedos. Reflexiones
sobre estudios anteriores del miedo a la delincuencia. ¿Qué hacer? APÉNDICE.
Cómo estudiamos el miedo a la delincuencia.
En
ellos, MADRIZ
analiza -desde el punto de vista de teorías constructivistas sociales y
feministas- cómo las mujeres perciben el miedo a la violencia en sus vidas
y cómo ese miedo afecta y controla sus comportamientos cotidianos.
La
Introducción comienza con una
ilustración general de cómo la delincuencia ha llegado a ser, en Estados
Unidos, la primera preocupación de sus habitantes, a pesar de que los
registros oficiales muestran que las tasas indicadoras de aquélla han
disminuido; también –siempre en referencia a esos registros- se destaca
que la mayoría de los delitos cometidos se tratan de delitos contra la
propiedad, en contra de las imágenes que transmiten los medios de
comunicación, según los cuales, son los delitos más violentos
–homicidios, violaciones- los que ocurren con más frecuencia; y cómo el
miedo a la delincuencia refuerza el sentimiento de solidaridad de la
comunidad y propicia políticas más represivas, como las de “three
strikes and you are out”. Asimismo, resalta la “paradoja del
miedo” de las mujeres a la delincuencia: a pesar de que las estadísticas
demuestran que el porcentaje de mujeres víctimas de delitos es menor al de
los hombres, son ellas quienes manifiestan más temor a ser víctimas de algún
ataque, por lo que trata de descubrir de dónde surge ese miedo. También
analiza el papel que juegan los medios de comunicación en el miedo de las
mujers a la delincuencia, señalando que –en contra de lo que muestran las
tasas indicadoras- las noticias de mujeres víctimas de hechos violentos son
a las que se les otorga mayor difusión, construyendo de esta manera una
amenaza que controla e influye en sus vidas.
En
el Capítulo 2 MADRIZ
se concentra en varios interrogantes, algunos ya mencionados en el capítulo
anterior y retomados ahora: “¿por qué los estadounidenses tienen
tanto miedo a la delincuencia? ¿Por qué su miedo ha aumentado en los últimos
años a pesar de que los índices de delincuencia están disminuyendo? ¿Por
qué las mujeres tienen más miedo que los hombres? ¿Por qué algunas
mujeres tratan de ‘camaleonizarse’, de ‘confundirse’, de verse más
masculinas?”. Y trata de buscar algunas respuestas. En ese sentido,
examina los chivos expiatorios, según ella, preferidos: los inmigrantes y
las madres adolescentes. Al respecto, concluye que el miedo a la
delincuencia es una fuerza en extremo dominante para el control de las
mujeres, ya que busca controlar sus vidas para lograr que se formen a imagen
y semejanza de lo que se considera una “niña buena” de manera de
evitar convertirse en víctimas. Imagen que se encuentra presente en la
socialización de las mujeres desde muy temprana edad.
El
Capítulo 3 ilustra acerca
de los sentimientos de las mujeres cuando examinan la posibilidad de ser víctimas
de la delincuencia y cómo los expresan. Luego de afirmar que los estudios
realizados hasta ahora muestran que las mujeres tienen más miedo que los
hombres, se señala que ello puede estar basado en la utilización de métodos
erróneos y que esos estudios no demuestran lo que realmente piensan los
entrevistados, ya que muchas veces las mujeres están más propensas a
admitir sus temores que los hombres. Analiza en profundidad el contenido de
esos sentimientos y las consecuencias positivas del método elegido, ya que
el llenar un simple formulario no permite interiorizarse acerca de los
motivos que llevaron a una persona a contestar por “sí” o por “no”.
Asimismo, estudia las reacciones frente a la delincuencia, y el temor de las
mujeres no sólo a ser ellas mismas víctimas de algún delito, sino el
temor de que alguno de los integrantes de su familia lo sea, en especial,
sus hijos. Es interesante también el examen que se realiza de la relación
entre el miedo a la delincuencia y la vulnerabilidad social, prestando
especial atención a las mujeres inmigrantes, indocumentadas, y que no
hablan inglés. Finalmente, la conexión entre el miedo a la delincuencia en
general y los actos violentos cometidos típicamente contra las mujeres (el
acoso sexual y la violencia doméstica), y cómo no se les ha dado la
importancia que merecen a pesar de que -según los datos obtenidos en el
estudio de MADRIZ-
la mayoría de las mujeres expresó haber sufrido algún ataque de este
tipo.
En
el Capítulo 4 critica los
primeros estudios acerca del feminismo que ven a las mujeres como un grupo
homogéneo sin tomar en cuenta variables importantes como la raza, la edad,
y la clase social y/o económica, y analiza la construcción social de la víctima
y cómo su comportamiento anterior la califica como “inocente” o “culpable”.
En este sentido, señala que la víctima “buena” es la imagen típica
de la mujer blanca estadounidense de clase media, que es atacada en su hogar
por un delincuente extraño o llevando a cabo una actividad de las
consideradas “apropiadas”. La mayoría de las mujeres
entrevistadas creía que una mujer blanca tenía mayores posibilidades de
ser atacada. La víctima “mala” es, en cambio, y por ejemplo, una
mujer de reputación dudosa, afroamericana o latina, que es atacada debido a
que se encontraba realizando alguna actividad inapropiada o en algún lugar
peligroso. Debe prestarse atención al cuadro que se presenta acerca de la
tipología de la mujer víctima, en el que se señalan los aspectos característicos
de la víctima inocente y la culpable, y la visión que tienen los medios de
comunicación de la imagen de la víctima mujer. En especial, cuando
menciona que aparece en los titulares la noticia de que ha sido víctima de
algún delito una mujer afroamericana o latina, sólo si ésta se ha
destacado notablemente en sus estudios o en su trabajo. De esta manera
–concluye- esta división entre las víctimas contribuye a mantener el
miedo que las mujeres tienen a la delincuencia y a la construcción de la
imagen “ideal” que se pretende de ellas. El mensaje que esta idea
transmite es que la mujer que no respeta los códigos establecidos se expone
a “riesgos innecesarios” y, de ese modo, la responsabilidad por
ser víctima de algún delito es algo que se encuentra a cargo de la mujer.
Así
como en el capítulo anterior se analiza la imagen de la víctima, en el Capítulo
5 se examina la imagen del delincuente. La mayoría de las entrevistadas
coincidían en que este es un sujeto extraño, que ataca al azar, de repente
y, en lo posible, de raza negra o latina. Fueron minoría quienes
describieron como delincuentes a alguien cercano a ellas, incluso
convivientes. Resulta llamativo cómo la mayoría de las mujeres, y de las
personas en general, perciben a la delincuencia como un acto violento que se
produce por azar, y cómo resulta una creencia común que son los delitos de
características más violentas los que con más frecuencia ocurren. En
cuanto a lo que se cree sobre las causas de la delincuencia, una de las
entrevistadas señaló a la desintegración familiar como una de aquéllas y
sobre todo el hecho de que ambos padres trabajen. Esta apreciación nos
conecta con los papeles tradicionales que en la familia se otorga a los
padres. El padre trabaja y la madre se queda en casa, y cuando esto no
ocurre así, los hijos pueden sufrir trastornos y ser llevados por el “mal
camino”, es decir, a la delincuencia. Se refuerza de esta manera el
papel asignado en la sociedad a la mujer, atribuyéndole una doble
responsabilidad, la de proteger su propia vida y también la de los hijos.
El
Capítulo 6 nos muestra los
distintos rituales que llevan a cabo las mujeres para protegerse de la
delincuencia. Así, el aislarse, el no realizar determinadas actividades,
incluso el no estudiar si las clases se dictan en horarios nocturnos, no
trabajar en determinados lugares, salir a la calle sólo si pueden ser
acompañadas (por un hombre –amigo, hermano, padre, novio, esposo- o por
mujeres -siempre que sea un grupo numeroso-), modificar su apariencia (ser
menos femeninas), asegurar el hogar, llevar consigo objetos que las
protejan, entre otros, y cómo influyen –negativamente- en sus vidas.
En
el Capítulo 7 MADRIZ
señala que uno de los objetivos del libro es mostrar cómo las decisiones
que en forma cotidiana realizan las mujeres en sus vidas están
condicionadas, en realidad, por el contexto social, económico y político,
y por las ideologías dominantes sobre la delincuencia que las rodean.
Concluye que las imágenes provenientes de esas ideologías acerca de la
delincuencia perpetúan el status quo
ya que las condiciones sociales, económicas y políticas nunca se
cuestionan; por otra parte, que las imágenes de la delincuencia ayudan a
construir “la realidad” que luego es aceptada por la sociedad en
vez de discutir acerca de los determinantes estructurales que provocan “esa
realidad”.
Finalmente,
se encuentra el Apéndice, en el
que explica con detalle las características del método de investigación
elegido.
Esta
obra es una interesante aproximación al estudio de la delincuencia, los
delincuentes y las víctimas, y su relación con la posición social, económica
y política que ocupa la mujer. Su lectura nos permite comprender cómo el
miedo surge como respuesta a las imágenes de delincuentes y víctimas
proporcionadas por quienes detentan y ejercen el control social, y que esas
imágenes reflejan el ordenamiento de la sociedad en general por clase, raza
y género. De esa manera, a través del miedo a la delincuencia, se limita
la actividad de la mujer, se pone en marcha un mecanismo de control informal
que perpetúa su situación de desigualdad en la sociedad y determina su “comportamiento
responsable”, mantiene vigente las relaciones de características
patriarcales y afecta en forma negativa los derechos de las mujeres
disminuyendo su poder en la sociedad. Asimismo, nos ayuda a pensar en
estrategias para modificar nuestra actitud frente a la delincuencia: “Las
niñas buenas van al cielo. Las demás vamos a todas partes”.