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El
libro en comentario resulta de trascendental importancia para
el marco geográfico donde fue publicado. Pero también tiene
utilidad, como modelo, para los futuros estudios a realizar
en otras latitudes.
En
efecto, es previsible que los trabajos críticos sobre los
sistemas carcelarios continúen realizándose con base en la
tradición foucaultiana o bien en la marxista. Esto no supone
ningún inconveniente, aunque ese marco teórico
necesariamente ha de completarse con referencias –y, sobre
todo, aplicándolo- a la concreta materialidad histórico-sociológica
que se analiza. Ello debe hacerse, al estudiar una institución
como la prisión, teniendo en cuenta el contexto de su origen
en el siglo XIX. Como ejemplos anteriores de este tipo de
contextualización, puede citarse el excelente trabajo de
tesis doctoral del historiador Justo Serna Alonso (Presos
y pobres en la España del XIX. La determinación social de
la marginación, Barcelona, PPU, 1988) y, asimismo, el
gran trabajo de tesis de Pedro Oliver Olmo (Cárcel y sociedad represora. La criminalización del desorden en
Navarra -siglos XVI a XIX-, Vitoria, Universidad del País
Vasco, 2001). Claro que estos trabajos fueron realizados
sobre el caso español y desconozco si s ha hecho algo
similar en la Argentina. También es de destacar que no son
penalistas los autores mencionados, sino que se desempeñan
en el campo de las ciencias históricas.
También
es historiador de formación el autor del presente libro, el
mexicano Martín Gabriel Barrón Cruz. Esta formación se
advierte en la minuciosidad con que trabaja sobre las fuentes
primarias y secundarias de información. Asimismo se advierte
ello en la humildad con la que realiza su “mirada” sobre
determinados aspectos del sistema carcelario. No quiere decir
ello que nuestro autor no tenga importantes tesis de fondo,
sino que las mismas no serán un impedimento para hacerse
preguntas que vayan más allá, o en contra, de las mismas.
Esas preguntas, sencillas pero con una gran carga de
profundidad, no serán respondidas directamente por el autor,
sino que serán el punto de partida para exhibir una
importante cantidad de materiales con los que el lector podrá
sacar sus propias conclusiones.
El
libro se divide en dos grandes partes, una dónde analiza el
desarrollo de los presidios en la época colonial, y otra que
se centra en el caso concreto del penal de Belén –en la
ciudad de México- durante un período fundamental de la
historia mexicana. La perspectiva histórica, aunque no lo
diga el autor expresamente, se inscribe dentro de las
“genealogías” entendidas como “historias del
presente”. La búsqueda de momentos fundacionales, o de
ruptura, permiten detenernos con preocupación sobre las
continuidades que todavía se destacan. Así, la permanente
crisis del supuesto ideal resocializador del sistema
penitenciario es destacada con la cita hecha en las primeras
páginas del libro a Manuel de Lardizábal (el más destacado
penalista ilustrado en lengua castellana, nacido en la ciudad
mexicana de Tlaxcala): “la experiencia acredita todos los días
que todos o los más que van a presidios o arsenales vuelven
peores, y algunos enteramente incorregibles”.
Que
la cárcel no beneficia ni a sus sacrificados “clientes”
ni a la sociedad en su conjunto, y que en todo caso es
funcional a los grupos que ejercen el control dentro y fuera
de la prisión –y a la misma idea de control, y a la de
poder-, parece una afirmación obvia. Pero justamente por
ello es importante ver que esa funcionalidad existía ya en
las instituciones de encierro utilizadas por la Corona española
en el México colonial, ejemplificadas especialmente en el
libro con los presidios, arsenales y hospitales utilizados
por los tribunales de la Inquisición, así como por los
tribunales civiles, en especial los de la “Acordada” de
1719 (que seguiría teniendo influencia en el México
independiente).
La
segunda parte se proyecta sobre un presidio concreto: la cárcel
de Belén. Esta institución se crea en 1863, cuando se
intenta aplicar un proyecto político liberal en México, y
será clausurada en 1933. El autor la estudia, empero, hasta
la fecha de 1910 cuando la Revolución mexicana derroca a la
dictadura de Porfirio Díaz que había aplicado los
principios “científicos” del positivismo a todos sus
actos de gobierno (y también a los represivos). En los
intersticios de los archivos, estadísticas, historias clínicas,
fotografías, proyectos de reforma, disposiciones
administrativas y demás fuentes primarias, el autor descubre
la realidad del proyecto penitenciario positivista en México
y, desde el presente, nos permite averiguar los orígenes de
los principios que aún continúan estando vigentes en el
penitenciarismo oficial.
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