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“Perdón por los inconvenientes que van a
tener. Amamos la libertad y no podemos vivir encerrados”.
La
frase que encabeza este comentario fue escrita por Nazareno
Rodríguez y Sebastián Gallardo, dos jóvenes de 25 y 22 años
que poco tiempo atrás decidieron y lograron escaparse de
una comisaría de Winifreda,
un pueblo de 2500 habitantes en la provincia de La Pampa, y
evidentemente sintieron algo de culpa por sus custodios, que
les habían facilitado el papel en el que quedó el mensaje
para que anotaran los resultados de los juegos de cartas.
Si
bien aparece como una anécdota simpática y divertida, es
posible encontrarle alguna relación con el libro que
escribió Roger Matthews, Pagando
tiempo, una introducción a la sociología del
encarcelamiento,
que poco tiene de simpático aunque su lectura no deja de
ser amena. Una de esas relaciones es que sin haber sido el
objetivo propuesto, el estudio del trabajo me llevó
necesariamente a ir realizando comparaciones con la
actualidad del sistema punitivo de nuestro margen.
Una
de las razones por las que la anécdota pierde simpatía en
el marco de las temáticas abordadas por Matthews es que en
realidad tuvo en mí el efecto de generar cierto pánico; no
sólo porque en esas páginas es posible encontrar numerosos
trabajos empíricos que dan cuenta de una realidad trágica,
sino porque pude cerciorarme de que era cierta una intuición
que tenía desde hace un tiempo, y que se incrementó desde
que los discursos punitivos basados en la emergencia
comenzaron a avanzar con una fuerza implacable especialmente
hace unos pocos meses: en la Argentina se hace política
criminal de manera irracional, pero lo que es más grave es
que los discursos de quienes pretenden oponerse a esas políticas
se apoyan casi siempre en más intuiciones. Y la experiencia
reciente ha demostrado que es imposible contener esos
discursos que rápidamente se transforman en la ampliación
de poder punitivo desde ese lugar, casi dogmático. Aunque
estemos convencidos de que el discurso de los derechos
humanos debe prevalecer, aparece como una estrategia
obsoleta a esta altura de la evolución de la relación
entre el estado de derecho y el estado policial.
Roger
Matthews es profesor en la Middlesex Politechnic University
of London y lleva años estudiando al sistema penal desde el
ámbito de la sociología. Pagando
tiempo está basado en el sistema penal anglosajón, por
lo que la mayoría de la bibliografía y estudios analizados
corresponden a ese ámbito, aunque hace algunos intentos de
generalización sin dejar de hacer las salvedades al
respecto.
Entiendo
que uno de los principales aportes de Pagando
tiempo es insistir con el aporte de la sociología a los
estudios del sistema penal. La introducción del trabajo,
titulada El origen de
la prisión moderna, me llevó directamente a recordar
las lecturas de Castigo
y sociedad moderna, el trabajo de David Garland, tan
difundido desde su traducción. Sin embargo, el avance en la
lectura evidenció las diferencias: Garland elaboró un
trabajo eminentemente teórico, mientras que Matthews se
apoyó notablemente en distintos trabajos empíricos, sin
dejar de lado los teóricos.
Tal
como el autor lo revela en su prefacio, el trabajo compendia
material relevante, y repasa numerosa bibliografía
presentando distintas posturas y opciones en cada uno de los
temas estudiados. Es posible afirmar que Pagando
tiempo se acerca más en su metodología a otro libro
también muy difundido
que fue pionero en los estudios de la sociología del
castigo, Pena y
estructura social, de George Rusche y Otto Kirchheimer,
primer trabajo de la Escuela de Frankfurt publicado en el
exilio del nazismo en la Universidad de Columbia, en Nueva
York. La relación con el trabajo que encabezó Rusche está
basado en primer lugar en la utilización de datos empíricos
para explicar el funcionamiento del castigo. Matthews se
vale especialmente de las encuestas realizadas por el Home
Office (la secretaría de interior) británico, a pesar de
su desconfianza a las estadísticas elaboradas por
organismos oficiales.
En
segundo lugar, es posible afirmar que Pagando
tiempo viene a ratificar la tesis principal de Pena
y estructura social luego de las críticas de varios
autores entre los que se encuentra Michel Foucault, que
relativizaron la afirmación de que existiría una relación
entre la organización del mercado de trabajo y las
relaciones de producción y las formas que adopta el
castigo; les achacaron cierto reduccionismo a pesar de que
los autores judeo-alemanes habían planteando la tesis
haciendo las mismas salvedades, descartando la hipótesis
determinista, confluyendo según el texto varios factores.
Sobre el trabajo de Rusche y Kirchheimer descansa una de las
hipótesis más fuertes de Matthews, que será abordada más
adelante.
El
primer capítulo de Pagando
tiempo, El origen de la prisión moderna, hace un muy claro resumen de la
evolución de la prisión desde sus inicios como institución
de castigo y merece ser tenido en cuenta para su estudio en
los programas de los cursos en las facultades de derecho,
por estar orientado desde un ángulo sociológico-histórico,
ser de simple comprensión y no demasiado extenso.
Si
bien no se trata de información difícil de encontrar en
otros textos traducidos al castellano y difundidos como los
de Foucault, Melossi y Pavarini y Garland, sí anticipa las
problemáticas del encarcelamiento de jóvenes, de minorías
raciales y de mujeres,
estas últimas que no habían sido tenidas en cuenta en aquéllas
obras.
Allí
se toma partido respecto del nacimiento de la criminología,
decidiéndose Matthews por tomar como punto de partida el
nacimiento de la cárcel, como laboratorio en el que comenzó
a estudiarse el fenómeno delictivo de manera científica,
sumándose de esta manera a quienes sostienen la postura de
que esta disciplina tuvo sus inicios junto con el
positivismo criminológico y descartando implícitamente la
de aquellos que sostienen que nació con lo que el mismo
positivismo denominó clacisimo penal, o la postura de E. Raúl
Zaffaroni, quien afirma que el Malleus Maleficarum o
Martillo de las Brujas es el olvidado origen.
Los
tres pilares de su desarrollo
El
segundo capítulo, El
espacio, el tiempo y el trabajo, es la base de una de
las hipótesis centrales de Matthews, que da nombre al libro
y que le permite arribar a ciertas conclusiones. Allí parte
de la premisa de que la cárcel moderna se desarrolló a
partir de tres pilares esenciales: espacio, tiempo y
trabajo, que le dieron sus características específicas y
la diferenciaron de otras formas de castigo.
De
esta manera, afirma que “la organización del espacio en
la cárcel moderna permite la supervisión y el control de
los prisioneros, a la vez que proporciona un medio para
diferenciarlos y ubicarlos espacialmente”. Tal como lo había
explicado Foucault, se rescata la importancia del diseño de
ciertas instituciones totales como la escuela, el hospital y
la cárcel, que permite el despliegue de determinadas formas
de disciplina.
La
división espacial fue clave entonces en la posibilidad de
clasificar a los reclusos, uno de los ejes del ideal
rehabilitador con el que nació la prisión moderna, en el
marco de otras instituciones disciplinarias como las casas
de corrección. También jugó un rol trascendente como
mecanismo de orden y control, por lo que Matthews describe
su evolución arquitectónica. En este sentido, explica el
autor la importancia de los diseños de acuerdo a la
finalidad pretendida en cada momento; así, en el marco de
sistemas que promovían el aislamiento, se hacía imposible
cualquier tipo de intento rehabilitador. La importancia de
la utilización del espacio radica además en constituir una
forma de control más sutil, y por lo tanto menos
controvertida y más efectiva en la regulación de las
conductas.
Es
interesante que al describir el modelo de panóptico creado
por Jeremy Bentham, se afirma que en realidad éste nunca
fue utilizado en forma amplia como diseño de cárcel o de
otra institución, con lo que sugiere que “las funciones
primarias para las que fue diseñado no concordaban con los
objetivos de los administradores de las cárceles del siglo
XIX”.
El
tiempo, por su parte, estuvo según Matthews relacionado
históricamente con el espacio. Sin embargo, con la transición
hacia el capitalismo industrial, momento en el que surge la
cárcel moderna, el tiempo se vuelve utilitario y
funcionalmente especializado, y pierde su interés excepto
para el tiempo que se pasa trabajando, apareciendo como un
valor estandarizado como el dinero.
El
advenimiento de la cárcel como una institución capaz de
privar de la libertad a una persona de una determinada
cantidad de tiempo, la hacía aparecer como la forma natural
del castigo. Matthews distingue cuatro atributos del castigo
centrado en el tiempo:
1-
El tiempo resultaba universal e individual de cada
individuo; en los términos liberales, el tiempo y la
libertad eran dones que poseían todos en cantidades
iguales, y podían disponer libremente de ellos (más
modernamente se habla de bienes distribuidos de manera
desigual) tanto pobres como ricos.
2-
Los castigos basados en el tiempo son medibles, y la
longitud de la sentencia se puede calibrar de acuerdo a la
seriedad del delito.
3-
El tiempo es una estructura social, cualidad que le
confiere al encarcelamiento, con lo que puede aparecer como
consecuencia de un proceso civilizador.
4-
El castigo basado en el tiempo se vuelve utilitario y
se puede mercantilizar: ganarlo o perderlo. Se ciñe al
comportamiento del prisionero.
Es
posible encontrar una contradicción entre los atributos 2 y
4, ya que pareciera ser que cuando el tiempo se transforma
en castigo deja de ser medible. Efectivamente Matthews da
cuenta de esta aparente contradicción, que por otra parte
da título a su trabajo. “El confinamiento institucional
cambia la forma en que se percibe el tiempo. El tiempo
cumplido en la penitenciaría no es un tiempo ‘pasado’
sino ‘malgastado’. El proceso de encarcelamiento, más
que canalizar y redistribuir el tiempo, implica la negación
del mismo”. En este sentido afirma que cuanto más tiempo
se tiene, más decae su valor, con lo que pierde sentido el
principio de proporcionalidad, ya que el “valor” de una
sentencia de ocho años, no es necesariamente igual al de
dos de cuatro.
Matthews
diferencia entre tiempo físico, mental y social. El primero
está ligado a los ritmos biológicos y a los movimientos
naturales ligados a los cambios estacionales, silenciosos y
menos trascendentes en la prisión; el segundo se refiere al
proceso de reflexión o imaginación, procesos subjetivos
que se entendió que resultaban trascendentes para la
instrospección y reforma personal, aunque la experiencia
del confinamiento solitario demostró que la preocupación
por la introspección puede conducir a la depresión, la
insania mental y el suicidio, más que a la rehabilitación;
el tercero, por su parte, constituye un proceso complejo, su
construcción es una actividad de todos los días por medio
de la cual los individuos tratan de comprender el proceso de
cambio.
Esta
diferenciación puede resultar relevante ante los procesos
de inflación penal con los que convivimos actualmente. A
medida de que el mundo gira más rápido y el tiempo social
se acelera, el físico parece frenarse. Según el autor,
“el incremento general en la longitud promedio de las
sentencias durante los últimos años tiene un significado aún
más grande de lo que podría parecer en un principio”.
Las drogas alucinógenas, tal como se explica en el texto,
liberan al prisionero de esta intemporalidad; “consiguen más
que tranquilizar o anestesiar al recluso: reajustan el
tiempo”.
Esta
concepción del castigo basado en el tiempo cambió hacia
fines del siglo XIX con el empleo de sentencias
indeterminadas, que con base en los objetivos
rehabilitadores incrementó el poder de control dentro de la
prisión del administrador carcelario, que pasó a contar
con una eficiente herramienta de premios y castigos por
fuera del ámbito jurisdiccional. Ante la creciente duración
de las sentencias, especialmente en Estados Unidos, se
evidenció durante las dos últimas décadas una vuelta atrás
hacia formas más determinadas. En nuestro ámbito parece
ocurrir lo mismo, aunque no en tónica limitadora, ya que
las últimas reformas basadas en la idea de “mano dura”
eliminan los beneficios de los reclusos durante la etapa de
ejecución, con el consecuente alargamiento de las condenas
y pérdida de control por parte del personal penitenciario.
Es
en el tercero de los elementos estructurales de la prisión
moderna que el autor se acerca al contenido de la obre de
Rusche y Kirchheimer. Según Matthews la marcha del trabajo,
tanto dentro como fuera de la prisión, ha dado forma a la
naturaleza del encarcelamiento en diferentes períodos.
Por
otra parte, se le han reconocido diversas funciones en el ámbito
carcelario: produce bienes e ingresos,
proporciona capacitación y la posibilidad de rehabilitación
a través de las tareas, resulta un vehículo para inculcar
disciplina a aquellos que eran incapaces o no deseaban
encontrar un adecuado empleo pagado y opera como mecanismo
de control, posibilitando el orden del tiempo y manteniendo
a los prisioneros ocupados.
El
autor realiza una somera historia del trabajo carcelario y
llega a la conclusión de que está plagado de tensiones
irremediables: el trabajo forzado aparece como una anomalía
en la sociedad capitalista, mientras que la ociosidad se ve
como un gasto innecesario; no es completamente
disciplinario, porque carece de los incentivos normales,
adecuada capacitación, cooperación y colectivismo propio
del trabajo en libertad; cuando es lucrativo, pierde su
valor rehabilitador; y cuando se acentúan sus fines de
tratamiento, se torna poco productivo y eficiente.
Finalmente
llega a la conclusión que abordaron en la década del ’30
los integrantes del Instituto de Investigación Social de
Frankfurt. Según Matthews, la prisión cumple tres papeles
relacionados con el marcado laboral: 1) compensa sus
imperfecciones al promover la participación en una ocupación
legítima, incluso a bajas tasas; 2) refuerza la división
entre la clase trabajadora decente y la no respetable,
apuntando los peligros potenciales de la no participación
en este mercado, como un disuasivo general; 3) sirve al
mercado, al absorber a quienes están social o económicamente
marginados, incrementando la competitividad general y la
calidad de la fuerza laboral.
Rusche
y Kirchheimer se habían convencido, tal como lo destaca
Matthews, de que el desarrollo del capitalismo benefactor
transformaría a la prisión en una institución de último
recurso, y que las multas devendrían en una forma más
difundida de castigo, una tendencia que comenzó con el
siglo XX pero que se revirtió en su segunda mitad.
Así
como el autor centró el desarrollo de la prisión moderna
en estos tres pilares, en ellos encuentra las razones de su
crisis histórica:
“Las causas determinantes del diseño, la organización
del tiempo y los intentos de lograr un trabajo productivo
estuvieron en continuo conflicto, pues cada uno de estos
elementos puso trabas a la realización de los otros”.
La
relación con el desempleo
Otro
de los capítulos centrales de Pagando
tiempo es el que intenta desentrañar la relación entre
El desempleo, el
delito y el encarcelamiento, de amplia trascendencia en
la Argentina posterior a la década del ’90, en la que se
profundizó la exclusión social. Aquí vuelve Matthews a
apoyar las ideas frankfurtianas, al afirmar ni bien comienza
a esbozar el tema que “Incluso un análisis superficial
del origen de la prisión deja pocas dudas acerca de que la
forma de trabajo, el funcionamiento del mercado laboral y la
disciplina de trabajo jugaron un papel fundamental en darle
cuerpo a su desarrollo y funcionamiento”.
Sin
embargo, se basa en otro trabajo de Rusche, antecedente de Pena
y estructura social, en el que sugirió que el empleo de
la prisión puede estar condicionado no sólo por la forma
de trabajo, sino también por los niveles de desempleo.
La idea madre de este concepto es que el uso de la prisión,
al igual que la severidad del castigo, se incrementarán
durante períodos de creciente desempleo y profunda recesión.
Así, el creciente desempleo genera un aumento en el delito
y consiguientemente un crecimiento en la población
carcelaria. Autores como Robert Merton ven el crecimiento
del delito en función de los mayores niveles de privaciones
y la falta de oportunidades.
Varias
investigaciones empíricas citadas por Matthews intentaron
relacionar estos fenómenos, y llevaron a muchos criminólogos
a descartarla. Para el autor, se trata de conclusiones
erradas, que se basan en una equivocación metodológica.
Rechaza Matthews la búsqueda de leyes transculturales y
transhistóricas propias de un positivismo radical. Explica
que no se tata de buscar la relación en un determinismo
crudo, sino que encuentra distintas clases de efectos
causales entre los modelos de delito, desempleo y
encarcelamiento, no necesariamente unidireccionales, sino
muchas veces contradictorios y que se contrarrestan.
Es
muy interesante el impacto que describe del desempleo en el
delito y el encarcelamiento. Por un lado, afirma que el
creciente desempleo tiende a estar enlazado a otros procesos
sociales, que aumentan la inseguridad
y ejercen presión sobre otros mecanismos de control
existentes. En este sentido, se sugiere que el desempleo
puede llevar a un alza en la tensión social y a un
resquebrajamiento de los controles familiares y de la
comunidad, a la vez que
escasas perspectivas de trabajo pueden reducir la
significancia de la escuela y la educación a los ojos de
los jóvenes.
Esta
teoría acerca a la realidad el concepto de ultima
ratio del sistema penal, habitualmente esbozado en el
plano del deber ser: si caen los mecanismos de control
social informales y no violentos, queda el poder punitivo a
cargo de toda una tarea que hará de manera deficiente y a
costa de las libertades y otros derechos fundamentales como
la vida.
Más
allá de cierta relación causal que pueda hallarse entre el
debilitamiento de las redes de control o contención social,
y el aumento de la violencia punitiva, es preciso recordar
que estos efectos fueron generados adrede en diversas
geografías al avanzar las políticas llamadas neoliberales.
Este modelo de minimización del estado, pero con un
crecimiento paralelo del poder penal estatal fue esbozado
por Robert Nozick en 1974 en Anarquía,
Estado y Utopía,
un libro que fue manual discursivo de algún vernáculo
operador de las comunicaciones.
Volviendo
a Matthews, resulta más que interesante la relación que
encuentra entre el desempleo y las prácticas de la justicia
penal, al afirmar que “es probable que –el desempleo-
afecte las políticas de sentencia, el empleo del
encarcelamiento y la severidad de castigo”. Es en este
punto en el que puede centrarse una de las críticas más
profundas al nuevo trabajo de Zaffaroni,
en cuanto idealiza el potencial limitador de las agencias
judiciales, sin mencionar su actuar selectivo y violento.
Así,
el hecho de tener un trabajo puede ser visto por los
tribunales como un factor de estabilidad que se hace
relevante en las sentencias a partir de los informes de
investigaciones de carácter social. Así se evidenció en
una muestra tomada por la antropóloga Josefina Martínez de
100 decisiones sobre pedidos de prisiones preventivas en la
provincia de Buenos Aires. De ellas, una sola se destaca, ya
que ante una solicitud de detención domiciliaria, se
solicitó un informe socioambiental. Las otras 99 fueron
decididas directamente o sobre la base de los registros de
antecedentes penales de los imputados.
“El
fiscal del caso pide al juez que el acusado por el delito de
homicidio de un menor que se había subido al techo de su
veterinaria pueda cumplir la prisión preventiva en su
domicilio –y no en una cárcel o comisaría, como la
cumplen todos los detenidos de la provincia–, y el juez
resuelve: “Morigerar los efectos de la prisión preventiva
imponiendo prisión domiciliaria, con salida laboral diaria
a su consultorio, conforme requerimiento fiscal y en
consideración a las circunstancias del hecho y el favorable
informe socioambiental, el cual consigna que es un sujeto
con sentido arraigo en esta provincia, médico veterinario
con desempeño laboral estable y núcleo familiar propio de
la etapa adulta, todo lo cual mueve a considerar que
habrá de respetar los dictados de la justicia sin necesidad
de una coerción de mayor grado”.
Matthews
cita un estudio de Steven Box y Chris Hale,
basado en una teoría del etiquetamiento. “... durante los
períodos de recesión, el incremento del delito se verá
estimulado por un mayor temor al mismo y un probable aumento
en el número de efectivos policiales, quienes probablemente
sean más rudos con los desocupados porque, como servidores
públicos, creen
que la desocupación es causa de delitos. El sistema
judicial, por su parte, incrementará el empleo de
sentencias de prisión porque siente que es necesario ante
las recientes ansiedades delictivas en el país”.
Por
otra parte, en la actualidad argentina es común observar
los intentos –muchas veces vanos- de hacer más eficiente
la persecución de los delitos comúnmente cometidos por los
excluidos y desempleados, mientras que no se presta atención
o se descriminalizan conductas que suelen denominarse como
de criminalidad económica, lo que incentiva la selectividad
natural de las agencias policiales. Y como remarca Matthews,
este tipo de delitos dependen del empleo para su ejecución.
Como
se anticipó con anterioridad, es muy cauto el autor al
afirmar que “aunque el desempleo pueda obrar como un
mecanismo causal en ciertos contextos, incitando a ciertos
grupos o individuos a involucrarse en el delito, estas
presiones se pueden resistir en otros contextos, y a menudo
así sucede”.
Entre
las encuestas presentadas, una de David Ferrington iniciada
en 1971 mostró que la tasa de delito era aproximadamente
tres veces mayor para los individuos que padecían el
desempleo que para los que trabajaban, y que la frecuencias
de delitos aumentaba en aquellos que habían vivido el
desempleo durante tres o más meses.
Otro
de los temas que relaciona íntimamente al desempleo con el
delito es el de las clases sumergidas (underclass). Algunos
estudios estiman que, en un día cualquiera, al menos la
mitad de los jóvenes de estos sectores están detenidos, y
que en todos los hogares de las zonas de más cruda pobreza
un miembro ha estado en prisión o está cumpliendo una
condena. Estos procesos de marginación tomaron formas
espaciales y raciales, lo que ha ocasionado que se formaran
guetos de negros. Tal vez sería posible trazar una
comparación con la situación en Argentina, con varias décadas
de proliferación de las “villas de emergencia” o
“villas miseria”.
Otro
de los puntos fuertes del libro se concentra en el
encarcelamiento de minorías raciales. Así como el
desempleo afecta desproporcionadamente a los negros de las
clases sumergidas, es notable que estas minorías étnicas
son clientela preponderante del sistema penal. Inclusive
muchos de ellos están detenidos en las cárceles europeas
por delitos relacionados con la inmigración, o por no tener
las garantías necesarias para una fianza, o por
dificultades en el acceso a una representación legal de
calidad.
El futuro
Otra
de las tesis centrales de Pagando
tiempo surge del análisis que hace Matthews del futuro
del encarcelamiento. Parte de entender que la prisión nació
en el marco de la modernidad como un nuevo experimento
social que se planteaba, a diferencia de anteriores formas
de confinamiento, el objetivo de castigar a los individuos
arrebatándoles la facultad que tienen todos los ciudadanos
libres en igual cantidad: el tiempo.
Tal
como se adelantó, la cárcel que se sustentaba en sus tres
bases principales, el espacio, el tiempo y el trabajo fracasó
ostenciblemente, lo que generó una caída en los niveles de
encarcelamiento desde el fin del siglo XIX hacia principios
del XX, que llevó a autores como Rusche y Kirchheimer a
pronosticar su utilización subsidiaria dejando paso a otras
formas de sancionar como las multas, los trabajos para la
comunidad u otras alternativas a las detenciones.
Matthews,
intenta englobar las causas de su fracaso en tres
determinantes, dejando a salvo las diferencias de acuerdo a
cada país.
1-
Se produjeron cambios importantes en las características
del estado capitalista, que había asumido la
responsabilidad de regentear y financiar el sistema
carcelario. El desarrollo del asistencialismo hacia fines
del siglo XIX tuvo fuertes implicancias.
2-
Toma protagonismo un nuevo sistema de producción, el
“fordismo”, basado en principios de líneas de montaje,
o en serie.
3-
El surgimiento de la disciplina de la criminología
de la mano del positivismo, que atrajo a expertos
(psiquiatras, médicos, abogados, criminólogos) que
apuntaban a desarrollar un sistema más científico, a través
del cual pudieran lograr la rehabilitación de los
delincuentes.
De
esta forma comenzó a diluirse uno de los pilares de la
prisión tal como había sido concebida, la
proporcionalidad, siempre en busca de la justa medida de la
pena. Las sentencias flexibles e indeterminadas y la
libertad bajo palabra (parole) brindaron mayores
posibilidades de control a los administradores
penitenciarios, con lo que se terminaron de minar las
perspectivas retributivas que se hallaban en el clacisismo.
Sin
embargo, la crisis perpetua y la tendencia de subsidiariedad
no produjeron su defunción. Por el contrario, en muchos países
mantuvo su papel protagónico y hasta aumentó la
prisionización. La explicación de este fenómeno que
parece dar Matthews está centrada en un supuesto cambio de
paradigma en las relaciones sociales y económicas, un
momento de crisis.
Para el autor, el pasaje hacia la posmodernidad podría
tener “profundas implicancias para el futuro del
encarcelamiento”.
Para
intentar desentrañar estas implicancias, Matthews se vale
de Garland, quien notó cambios en torno al ideal de la
rehabilitación, íntimamente relacionado con el movimiento
de regreso a la justicia, al tiempo que han aumentado las
sanciones basadas en servicios a la comunidad, y se ha
puesto el acento sobre las nuevas formas de gestión, que
apuntan a los grupos en su totalidad, más que a los
ofensores individuales. Sin embargo, el autor de Sociedad
y castigo moderno sostiene que ni el aparato carcelario
ni la práctica penal están experimentando cambios
importantes.
De
todas formas, el autor de Pagando
tiempo se muestra convencido de se trata de un período
de ebullición, que se expresa a través de algunas
evidencias:
1-
El encarcelamiento masivo en Estados Unidos, y el
restablecimiento de la cárcel como castigo esencial,
perdiendo el carácter subsidiario al que se dirigía a
comienzos del siglo XX. El encarcelamiento se triplicó en
ese país durante los últimos 30 años. En 1996 la población
carcelaria superaba el 1.6 millón de reclusos.
2-
El cambio en la composición de la población
carcelaria demostrado en numerosos estudios demográficos,
que muestran un marcado nivel de desproporción racial,
tanto en Estados Unidos como en Europa.
3-
La expansión del complejo correccional, con un alza
en las sanciones basadas en servicios a la comunidad, así
como en las poblaciones carcelarias de varios países
(incluida la Argentina).
4-
La proliferación de espacios para resolver
conflictos y disputas.
5-
Ascendentes disparidades regionales en el uso del
encarcelamiento.
6-
El abandono del ideal de rehabilitación, y su mutación
en el marco de las teorías de la pena por la disuasión y
el almacenamiento de prisioneros (inocuización). Matthews
hace notar en varias oportunidades la declaración del Home
Office en un informe de 1990, en el que reconoció que “la
cárcel es un modo caro
de hacer que la gente mala se vuelva peor”.
7-
La creciente participación del sector privado, y la
crisis consiguiente del papel y responsabilidad del estado
en la administración del poder penal. Tal como lo ha
descripto Nils Christie, hay localidades de Estados Unidos
que se han organizado para intentar que se aprobara la
construcción de una cárcel en su comunidad, a fin de
generar empleo en la población local.
8-
La creación de cárceles con nuevos diseños, que
muestra cambios en la concepción de la delincuencia y en la
gestión carcelaria.
9-
Afianzamiento de la estrategia de la bifurcación y
caída definitiva de la igualdad: ciertos delincuentes
reciben respuestas más punitivas (mayores períodos de
encarcelamiento), inclusive largos encierros preventivos
(estrategias excluyentes), mientras que otros son desviados
a sanciones de servicios comunitarios, bajo la excusa de que
son más rehabilitables (estrategias inclusivas). No hace
notar Matthews en este punto la evidente contradicción con
el que aquí se señala como punto 5: si el ideal
rehabilitador está descartado, no se trataría más que de
otra expresión de la discriminación con la que opera el
sistema.
La
evidencia de estos cambios, sobre todo aquellos que inciden
en las formas de producción, hacen afirmar al autor con
cita de David Harvey
que el hecho más trascendente de las últimas tres décadas
es el advenimiento de lo que se ha denominado
“posfordismo”, con un cambio hacia formas más flexibles
de acumulación que no sólo implican cambios en la
organización del proceso productivo, “sino que también
tiene implicancias en el proceso de socialización y la
impartición de disciplina”. También sostiene que los
procesos de globalización, y los consiguientes cambios en
la división internacional del trabajo, están conectados
con la aceleración de las comunicaciones, las cambiantes
formas de identidad nacional e individual, y con el variable
papel del Estado, así como de otras instituciones sociales
reguladoras de la sociedad moderna como la familia y la cárcel.
Estos
cambios estarían generando algunas consecuencias
inmediatas: el incremento del desempleo estructural y el
simultáneo ascenso de la desigualdad, junto con el abandono
del estado de bienestar. Estos hechos influyen en la
magnitud del encarcelamiento, incrementando el nivel del
delito y de victimización, y afectando el ambiente penal en
el que los jueces toman sus decisiones.
De
esta manera, es posible concluir una idea que se había
esbozado con anterioridad: Pagando tiempo tiende a confirmar la teoría de Rusche y
Kirchheimer, en cuanto asume que la matriz o ecuación era
correcta: las formas de castigo se corresponden con
determinadas formas de producción. Aunque no se haya
cumplido la predicción de los autores de Pena y estructura social, que vaticinaban el descenso de la prisión
como formas secundarias de castigo en el marco de un modo de
producción que parecía implacable en la década del ’30.
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