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Hay
fenómenos sociales frente a los que los juristas guardan un
increíble silencio. Tal parece que el derecho como orden
rector de la convivencia no tuviera nada que decir ante los
problemas de este mundo y se contentara con escarbar en los
significados posibles o imposibles de tal o cual artículo
del código civil.
Uno
de esos fenómenos ante los que los juristas parecen haber
claudicado es el de la guerra; el silencio ha sido la regla
de actuación de muchos desde hace más de diez años, con
ocasión de la primera guerra del Golfo, y luego en los
numerosos conflictos armados que se han dado en los tiempos
recientes (desde la intervención en la Ex-Yugoslavia hasta
la reciente guerra de Irak). ¿Es que frente a la guerra el
derecho no puede aportar nada? ¿es que los juristas no
somos capaces de procesar desde las coordenadas de nuestra
disciplina científica eventos tan miserables? No faltarán
los que digan que estudiar la guerra desde la óptica jurídica
equivale a perder cualquier rastro de cientificidad, puesto
que el análisis jurídico debe permanecer, como bien lo
enseñó Kelsen, “puro” y limitarse al mundo de las
normas jurídicas, sin hacer caso de otros fenómenos
“extra-jurídicos”.
Frente
a este escenario de general claudicación, algunos han
decidido utilizar las “razones del derecho” para
denunciar la situación de locura bélica a la que nos ha
empujado el gobierno de los Estados Unidos y que, más allá
de cualquier consideración moral, es antes que nada una
violación de normas jurídicas internacionales. Es el caso
de Luigi Ferrajoli, cuyos escritos contra la guerra y en
favor de un pacifismo militante han sido reunidos por
Gerardo Pisarello en un volumen publicado por la prestigiosa
Editorial Trotta.
El
libro se divide en dos partes. En la primera se contienen
las intervenciones de Ferrajoli con ocasión de las últimas
cuatro grandes aventuras armadas de Estados Unidos: la
primera guerra del Golfo, la intervención en los Balcanes
(realizada por una fuerza militar que actuaba bajo la
cobertura formal de la OTAN), la guerra en Afganistán y la
segunda guerra del Golfo, culminada con la invasión a Irak.
En la segunda parte se contienen varios ensayos en los que
Ferrajoli propone una nueva institucionalidad internacional,
que sea capaz de hacer frente a los retos de la globalización
y que detenga de una vez por todas la locura y el sin
sentido de la guerra, así como las expresiones de racismo y
xenofobia de gran parte de las legislaciones sobre migración
de los países de la Unión Europea.
Los
ensayos de la primera parte del libro contienen varias
preocupaciones que a Ferrajoli le interesa poner de
manifiesto frente a la confusión que han generado los
discursos oficialistas. La más obvia, señalada también
por Pisarello en el prólogo, es la absoluta contradicción
entre guerra y derecho. “La guerra –escribe Ferrajoli-
es la negación del derecho y de los derechos, ante todo del
derecho a la vida, así como el derecho, fuera del cual no
es concebible ninguna tutela de los derechos, es la negación
de la guerra” (p. 45). Sobre la inmoralidad de la guerra
se ha escrito mucho, pero sobre la oposición radical entre
guerra y derecho me parece que Ferrajoli ofrece la
perspectiva más original, al menos hasta donde tengo
información.
La
guerra de agresión, explica Ferrajoli, estaría prohibida
desde la promulgación de la Carta de las Naciones Unidas,
que limita las intervenciones bélicas exteriores a las
“guerras de defensa”, las cuales pueden ser autorizadas
por el Consejo de Seguridad cuando concurran determinadas
circunstancias. Dicha Carta, en su artículo 2.4 establece
la prohibición de la “amenaza y uso de la fuerza”, a
efecto de atentar “contra la integridad territorial o la
independencia política de cualquier Estado, o en cualquier
otra forma incompatible con los propósitos de las Naciones
Unidas”; esta prohibición es omnicomprensiva, de modo que
a partir de ella podemos decir que cualquier utilización de
la fuerza armada de un Estado para atacar a otro es ilícita.
El mismo artículo 2 de la Carta impone la obligación de
resolver las controversias internacionales por medios pacíficos,
sin que se ponga en peligro la paz y la seguridad
internacionales.
Para
que se surta la hipótesis de una guerra de defensa,
prevista por el artículo 51 de la Carta, se requiere de un
ataque previo o inminente y la respuesta debe atender los
principios de necesidad, inmediatez y proporcionalidad.
Es de puro sentido común: para que exista una guerra de
defensa es necesario que se haya dado una agresión previa
de la que defenderse, o que se trate de una agresión
inminente, basada en datos objetivos que acrediten
suficientemente la realidad del peligro. Dicha agresión no
puede consistir en los ataques terroristas perpetrados con
aviones comerciales en Nueva York y Washington en septiembre
de 2001, ya que la información sobre sus autores remite a
una banda terrorista internacional (Al-Qaeda), que opera en
muchos países y cuyos líderes no son funcionarios públicos,
gobernantes o militares de un Estado. Tampoco constituían
un riesgo inminente las supuestas “armas de destrucción
masiva” que según el gobierno de Estados Unidos
almacenaba Sadam Hussein, pues tales armas no pudieron ser
localizadas por los inspectores de la ONU, que son la fuente
más fiable de información en esta materia.
No
sobra recordar que la guerra está tipificada como delito en
el Tratado de Roma que crea el Tribunal Penal Internacional,
lo cual refuerza la idea de que la guerra está prohibida y
por tanto no puede ser bajo ninguna hipótesis una guerra lícita.
Otra
preocupación que expresa Ferrajoli en la primera parte de
su libro es la que tiene que ver con el “sentido común”
sobre la guerra que se está formando en la opinión pública.
Una parte importante de ciudadanos puede verse confundida al
oír en los medios de comunicación justificaciones de la
guerra (patrocinadas por los gobiernos y por las grandes
empresas que obtienen jugosos contratos bélicos durante la
guerra y de reconstrucción una vez que concluye), sin que
las voces en contra se aseguren de ocupar también un
espacio en la esfera pública de discusión. En este
contexto, se podría estar asentando una especie de
justificacionismo de acuerdo con el cual la guerra habría
tomado carta de naturaleza como medio de solución de las
controversias internacionales. Frente a esto Ferrajoli
denuncia como falsas las premisas que han justificado las
intervenciones armadas de los últimos años y expone una
batería de argumentos para demostrar su carácter anti-jurídico
e inmoral.
Es
falso que tales intervenciones se apoyen en el viejo
concepto de “guerra justa” que durante siglos fue
utilizado para valorar una intervención armada. Ese
concepto fue creado y bien o mal aplicado para guerras muy
distintas a las que se libran en la actualidad. Las guerras actuales
tienen efectos devastadores y aniquiladores sobre la población
civil; las guerras antiguas limitaban sus efectos a los
adversarios, pero nunca tuvieron la capacidad de aniquilar
totalmente al enemigo, al que más bien había que doblar
para que se rindiera. Las guerras antiguas se llevaban a
cabo entre Estados o entre un Estado y un territorio, es
decir, entre poderes formales y más o menos identificados.
Actualmente las guerras se celebran por un país o por una
coalición de países en contra de “ejes del mal”, de
“grupos subversivos” o “redes terroristas” que nunca
son plenamente identificados, ni en cuanto a su ubicación
territorial ni en cuanto a sus integrantes (lo cual
justificaría, según los defensores de la guerra, que se
puedan tirar bombas por todo el territorio de Afganistán o
que las detenciones de “terroristas” abarquen a simples
“sospechosos”, ubicados en razón de su apellido o por
su presencia física, que son tratados como
“no-personas” y despojados de todos sus derechos
fundamentales). Más que de guerra justa, hoy en día,
sostiene Ferrajoli, habría que entender que la guerra “es
de por sí un mal absoluto” (p. 31).
Es
falso en segundo lugar que las guerras puedan ser
“humanitarias” o “éticas”.
Ferrajoli subraya que “la idea de que el bien pueda
alcanzarse con cualquier medio, incluso al precio de enormes
sufrimientos y sacrificios (sobre todo, de los otros),
representa el rasgo característico del fanatismo” (p.
42). Como apunta Gerardo Pisarello, “si algo han dejado
claro las intervenciones militares de la última década ha
sido su incapacidad para cumplir con los fines ‘éticos’
y ‘humanitarios’ que en teoría pretendían asumir. Y
todo ello por varias razones. En primer lugar, porque han
violado de manera abierta tanto el principio hipocrático
que obliga a minimizar el daño como el principio hobbesiano
que prohíbe sancionar al inocente, causando innumerables víctimas
entre la población civil y forzando desplazamientos y
migraciones masivas. En segundo término, porque al destruir
infraestructuras productivas, sistemas de agua potable,
escuelas, hospitales y barrios enteros han condenado a otros
tantos miles de personas a la privación futura de derechos
civiles, sociales y ambientales básicos. En tercer lugar,
porque en lugar de contribuir a la apertura y a la
convergencia de espacios democráticos dentro de las
sociedades atacadas, han ahondado las rivalidades étnicas y
la indignación contra ‘Occidente’, además de
desprestigiar el discurso de los derechos humanos, rebajándolo
a simple ideología de cobertura de los imperativos económicos
y militares de las grandes potencias”.
El
falso, en tercer lugar, que con la guerra se logre el propósito
anunciado por el gobierno de Estados Unidos de terminar con
el terrorismo. Por el contrario, luego de años de
intervenciones bélicas el terrorismo parece haber crecido a
escala global y hay regiones enteras del planeta que están
a un paso de incendiarse por completo. El terrorismo, lejos
de debilitarse, ha golpeado de lleno el corazón de los países
occidentales, como lo demuestran las barbaries del 11-S en
Nueva York y del 11-M en Madrid, pero también los atentados
en Bali, Casablanca, Beslán, Yakarta, Estambul, Moscú, y
un largo etcétera. Esto no significa que no se deba
combatir al terrorismo; al contrario: se trata de hechos
delictivos que deben ser perseguidos conforme lo establece
la legislación nacional e internacional y que pueden ser
castigados, dentro de los límites que marcan las leyes, con
penas muy severas. Al respecto Ferrajoli apunta: “...con
sus inútiles destrucciones la guerra sólo ha agravado los
problemas que pretendía resolver... reforzó enormemente al
terrorismo, al elevarlo a la categoría de Estado
beligerante, convirtiendo un crimen horrendo en el primer
acto de una guerra santa y transformando a Bin Laden, a los
ojos de millones de musulmanes, en un jefe político, y a su
banda de asesinos, en la vanguardia de un ejército de fanáticos...
(la guerra) ha contribuido a desestabilizar todo el Oriente
Medio, incluido el polvorín (nuclear) pakistaní, y a
desencadenar una espiral irrefrenable de odios, fanatismos y
otras terribles agresiones terroristas” (p. 55).
Lo
que más bien nos indica la situación actual es que lanzar
bombas desde el aire sobre grandes extensiones de territorio
o invadir un país entero no pueden lograr la finalidad de
acabar con el terrorismo. Si las intervenciones tienen esa
intención están fracasando palmariamente; no debemos sin
embargo descartar, en este contexto, dos hipótesis: o los
responsables de la guerra son estúpidos y no se dan cuenta
de su clamoroso fracaso (lo cual, si bien no es descartable,
no tiene demasiado sentido) o bien se está utilizando al
terrorismo para justificar guerras que tienen otros
objetivos, de orden geopolítico o incluso económico.
En
la segunda parte del libro Ferrajoli describe sus propuestas
para la creación de un “constitucionalismo global”, una
“democracia cosmopolita” o una “esfera pública
internacional”. Una de las ideas principales del autor en
esta parte tiene que ver con la construcción de un
“garantismo de derecho internacional”, que ya había
abordado en varios de sus trabajos anteriores. La idea sería
crear un sistema de garantías que permita hacer efectivas
las normas del derecho internacional.
La
primera entre todas debe ser la garantía de la paz, que se
podría lograr sobre todo desarmando a los Estados y
reservando en favor de la ONU un monopolio de la fuerza
internacional. Ferrajoli destaca lo absurdo que resulta que
se prohíba la utilización de armas de destrucción masiva
(armas químicas y bacteriológicas, bombas de fragmentación,
armas incendiarias, armas nucleares, etcétera) y sin
embargo se siga permitiendo y no se sancione en todos los
casos su producción y comercialización (p. 86). En esto
tienen una gran responsabilidad los Estados democráticos
del primer mundo, pues es dentro de su territorio donde se
producen las armas cuya utilización está prohibida por el
derecho internacional. El comercio de armas, tanto el “lícito”
como el que se produce en la ilegalidad, constituye una gran
fuente de riqueza para muchas personas, que tienen formas de
“presionar” a los responsables políticos para que les
dejen seguir con sus negocios. En el caso de las armas de
destrucción masiva es donde más se nota la corrupción de
muchos gobiernos, por ejemplo el de Rusia y de varias ex-repúblicas
soviéticas, pero el mismo discurso puede hacerse para las
“armas ligeras”, que se siguen vendiendo por cientos de
miles cada año, en muchos casos a gobiernos que tienen bien
comprobadas prácticas autoritarias contra su propia población
o contra la de países vecinos; una cantidad importante de
esas armas termina cayendo en manos de bandas terroristas y
del crimen organizado. Según Ferrajoli, “Las armas están
destinadas por su propia naturaleza a matar. Y su
disponibilidad es la causa principal de la criminalidad común
y de las guerras. No se entiende porqué no deba ser
prohibido como ilícito cualquier tipo de tráfico o de
posesión. Es claro que el modo mejor de impedir el tráfico
y la posesión es prohibiendo su producción: no solo por
tanto el desarme nuclear, sino la prohibición de todas las
armas, excluidas las necesarias para la dotación de las
policías, a fin de mantener el monopolio jurídico del uso
de la fuerza. Puede parecer una propuesta utópica: pero es
tal solo para quienes consideran intocables los intereses de
los grandes lobbies de los fabricantes y de los
comerciantes de armas y, por otro lado, las políticas
belicistas de las potencias grandes y pequeñas”.
A
nivel local se han producido algunas experiencias positivas
en materia de desarme, que bien podrían intentarse llevar a
la esfera internacional. Así por ejemplo, el gobierno
brasileño aprobó a mediados de 2004 el Estatuto de
Desarme, que detalla un muy interesante programa de entrega
voluntaria de armas por parte de la población. El gobierno
ha establecido que por cada arma que se entregue se otorgará
un pago de entre 40 y 400 dólares, dependiendo del estado
que guarde y del tipo de arma de que se trate. A juzgar por
sus primeros resultados, el programa está siendo todo un éxito.
Solamente en los primeros nueve días de funcionamiento se
habían entregado más de 17,000 armas de fuego. Según una
encuesta, el proceso de desarme es aprobado por una amplia
mayoría de brasileños (más del 67% de los encuestados
dijo estar a favor del programa). El éxito ha sido tan
grande que el gobierno de Lula se está planteando aumentar
el fondo para compensar la entrega, que era inicialmente de
casi 4 millones de dólares. Antes de hacerlo a nivel
nacional, la experiencia se había desarrollado en el Estado
de Paraná, donde en los primeros meses de 2004 se habían
recolectado más de 13,000 armas. Resultado: en las mismas
fechas el número de asesinatos había disminuido un 30%. ¿Sería
muy difícil pensar en una aplicación extensiva de estas
sencillas ideas? No dudo que también estas propuestas
tengan inconvenientes (como lo podría ser el precio pagado
por las armas, que si es muy alto podría servir para
financiar la compra de nuevo armamento), pero creo que a
corto plazo aportan más ventajas que desventajas.
Por
otro lado, el desarme de los Estados y el freno de la
carrera armamentista liberaría una enorme cantidad de
recursos que hoy en día se invierten en industrias para
matar. Esos recursos podrían dedicarse a cuestiones
humanitarias, contribuyendo de esa forma a evitar que en el
futuro se sigan nutriendo en la miseria, el analfabetismo y
la marginación los movimientos fundamentalistas y fanáticos
en los que se forman los terroristas.
Por
otro lado, Ferrajoli también propone una reforma “en
sentido democrático” de la ONU, a través de la
reconsideración del papel del Consejo de Seguridad.
La reforma, basada en el principio de igualdad, “pasa
obviamente por la supresión de la posición de privilegio
que hoy detentan en el Consejo de Seguridad las cinco
potencias vencedoras de la segunda guerra mundial y la
instauración de un sistema igualitario de relaciones entre
los pueblos” (p. 88).
No
faltarán quienes sostengan que la postura de Ferrajoli es
poco realista.
A esa objeción Ferrajoli contesta que la oposición no
puede darse entre quienes son “realistas” y quienes son
“utopistas”, sino que la verdadera oposición es
“entre realismo de corto y largo plazo. En efecto, la hipótesis
menos realista es que la realidad vaya a permanecer
indefinidamente así como está. Que podamos continuar de
manera indefinida sosteniendo nuestras ricas democracias y
nuestro cómodo y despreocupado nivel de vida sobre el
hambre y la miseria del resto del mundo. En términos
realistas, todo esto no puede durar” (p. 112).
Por
eso es importante, siendo realistas, atender hoy como nunca
la llamada movilizadora de Ferrajoli, para intentar
construir un futuro alternativo a las guerras, en el que el
recurso a las intervenciones armadas sea sancionado por un
adecuado sistema de garantías internacionales y en el que
exista además una institucionalidad que cuente con los
medios necesarios para hacer efectivos los derechos humanos
de todas las personas en cualquier rincón del planeta. Ese
objetivo se podrá lograr con argumentos morales y éticos,
pero también, como lo demuestra el libro de Ferrajoli,
gracias al concurso de un buen número de razones jurídicas
para el pacifismo, que ya están vigentes en el derecho
internacional de nuestros días, aunque no se apliquen en
todos los casos en los que sería necesario.
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