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Thomas
Mathiesen dejó marcado en forma definitiva el pensamiento
criminológico crítico cuando en 1974 los Scandinavian
Studies in Criminology publicaron, en inglés, el
volumen IV de la serie llamado Las políticas de la abolición. Allí se trasladaron muchas de las
luchas y propuestas tácticas y estratégicas de los
movimientos de apoyo a presos que él mismo integraba (en
concreto, el KROM) y se dictaron los postulados para la
abolición de la prisión y, gradualmente, para aspirar a la
de toda pretensión punitiva.
Es
por ello que se considera a Mathiesen el “estratega” del
abolicionismo: estrategia que, como él mismo decía, está
basada en la idea de lo “inacabado”. A partir de ese
momento Mathiesen logra resolver la difícil situación en
la que se encontraban los críticos al sistema penal, que
peligrosamente podían caer en un inmovilismo temeroso de
que cualquier reforma fuera cooptada por la legitimación
del sistema que en definitiva se pretende abolir. De allí
en adelante deja en claro que los críticos tienen una
necesidad de comprometerse en la reforma: deja en claro que
el cambio total no es incompatible con mejoras. Claro que ya
entonces hablaba de mejoras o reformas “negativas”, que
son las que reducen la capacidad del sistema carcelario, las
que eliminan sus características más represivas o
violatorias de derechos humanos, las que llevan a abolir
parcelas de la represión como si de un salchichón se
tratara (sin olvidarse de que el objetivo final es acabar
con todo el salchichón). Pero es que, además, la tarea
reformista será siempre “inacabada”, pues ni siquiera
con la abolición de las cárceles se limita esta búsqueda
de libertad, igualdad y fraternidad para organizaciones
sociales no violentas ni totalitarias (el salchichón parece
no tener fin).
Unos
cuantos años después, enfrentándose con el aumento
desmesurado de la punitividad estatal del último cuarto del
siglo XX, Mathiesen quiere que dejen de tomarse a sus ideas
como una mera página de la historia de la criminología
-aunque sea una muy importante- y vuelve a insistir con
ellas, que tienen incluso más actualidad que antes. También
son inmensamente importantes en la parte del mundo que puede
leer en castellano, y por ello se ha de celebrar la traducción
de la obra hecha en la Argentina (el único, pero no poco
importante, reproche que debe formulársele al editor,
presentador o traductora es el olvido del apartado bibliográfico).
El libro Juicio a la
prisión fue publicado previamente en noruego, en 1987,
y luego traducido al menos a siete idiomas.
Comienza
Mathiesen el libro con explicaciones sociológicas de la
nueva etapa de la cárcel y de su ampliación, para luego
centrarse en los distintos argumentos justificadores del
castigo en general y de la cárcel en concreto. Confronta
entonces a esas teorías con pruebas empíricas y con teorías
filosóficas y jurídicas, para acabar por demostrar la
ineficacia y falsedad de las llamadas teorías de la
rehabilitación, de la prevención general, de la
inhabilitación o disuasión especial y finalmente de la
“justicia” o retribución. Al hacerlo discute con los
teorizadores clásicos y con los nuevos defensores de la
expansión de la cárcel, por lo que brinda un panorama
interesante de las ideas que utiliza el pensamiento
punitivo, sobre todo del universo anglosajón. Como se toma
en serio los argumentos, concluye que ninguno de ellos es válido.
Que a la luz de ninguno de ellos es “defendible” la
prisión. Que ninguno pasa honestamente la prueba del algodón.
Es
por ello que en el último capítulo “El futuro del
encarcelamiento” y en el extenso “Apéndice”, que
introduce para la edición en castellano y para la segunda
edición en inglés del año 2000, se encarga de brindar
herramientas teóricas -estratégicas- para oponerse a la
cultura punitiva y, en lo inmediato, a la expansión de la
prisión.
Al
responderse preguntas como ¿Qué se debe hacer? ¿Desde dónde?
¿De qué fuentes del saber? y ¿Mediante qué pasos?
propone recetas para detener inmediatamente el aumento ya
visible de la población que vive en instituciones penales.
El objetivo más inmediato que se propone es el de detener
la construcción de cárceles, para lo que propone una
“moratoria”, como objetivo posible de ser llevado
adelante por los gobiernos y detener esa construcción, la
masificación de las prisiones y evitar así el posible
holocausto al que se dirigen las sociedades occidentales.
La
edición en castellano cuenta con un interesante prólogo de
Raúl Zaffaroni que, a más de brindar argumentos propios de
las sociedades latinoamericanas para enfrentar el discurso
patibulario y la política punitiva, culmina por señalar la
posibilidad de los que menos tienen de acceder al poder por
medio del saber si es que pueden, saben y quieren usar lo único
que tienen más que los que más tienen: el tiempo. Claro
que ello sólo será posible si la forma económica y la
forma política que nos dominan no se ocupan de robar ese
tiempo mediante la institución que paradigmáticamente ha
creado para ello, y que en el “juicio” que hace
Mathiesen resulta inapelablemente condenada.
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