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SUPLEMENTO DE DERECHO PENAL - EDITORIALES

EL ATENTADO

Por Ticio Suetonio

 

           

No podían transcurrir demasiadas notas editoriales sin una breve alusión al atentado a las torres neoyorkinas, aunque sea un tanto impropio de una sección dedicada al derecho penal. Sólo podrían tener conexión con nuestra materia la novedosa utilización de la aeronave comercial como arma impropia de destrucción masiva y la búsqueda afanosa del presunto responsable a fin de someterlo a juicio, sin que se tenga conocimiento de las evidencias que lo señalan, aunque parece no interesar demasiado su juzgamiento, ya que se lo requiere “vivo o muerto”.

Pero más allá de las disquisiciones jurídicas que se podrían efectuar, y que en todo caso quedarían pequeñas y hasta ridículas frente a una realidad abrumadora, como las “conversaciones indiferentes” que, al decir de Borges, se producen “cuando la realidad es mayor”, lo cierto es que estamos ante un hecho que revela los extremos inconcebibles de la mente humana presa del fanatismo de cualquier clase, sea fundamentalista, clasista o racista, lo que no es para nada nuevo en la historia del mundo (cruzadas, inquisición, nacionalsocialismo, etc.).

El ser humano, a diferencia de los animales, es capaz de las cosas más sublimes y más abyectas. El animal no racional se guía por instinto y por él es inofensivo cuando duerme y voraz cuando mata –si es que cuadran estos adjetivos-, pero cuando hace esto último es la necesidad de colmar el hambre su mira, y no piensa, no se cuestiona, sólo se agazapa, mide y ataca. Para él no existe la ética, ni la maldad, ni la perversión, sólo el hambre, la sed, el sueño, el deseo y el dolor.

La ética es sólo predicable respecto del ser humano, siendo ella misma una creación humana. La necesidad de trascender es dada por las religiones, cuya base de sustento es el amor por los semejantes y por un dios cuya principal manifestación de amor es la creación de la capacidad humana de amar, de pensar, de construir y de generar el hecho estético.

Cuando el hombre mata a sus semejantes, a veces se parece a los animales. El antropófago lo hace para saciar su hambre y subsistir. Otras veces lo hace para defenderse de un ataque (instinto de autoconservación). En cambio la mayoría de las veces lo hace por desprecio a sus semejantes. El homicidio es la mayor manifestación de desprecio por los demás (cuando hablo de homicidio no lo hago en un sentido convencional ni legal sino en el de cualquier manifestación de ataque a la vida o menosprecio explícito o implícito de la vida de los demás). Aquí el hombre se parece sólo al hombre.

La perversión o la espectacularidad al matar es patrimonio exclusivo de la especie humana. De aquí que una de las explicaciones que se han ensayado para esta faz sombría del ser humano sea demoníaca (“la satánica presa que anida en el alma de la especie”, al decir de Eduardo Couture). Lo realmente paradójico e incomprensible es cuando esa manifestación de desprecio y odio se realiza desde la óptica de una religión cuya base es el amor a las demás personas, sin importar el credo, la raza o la ideología. Aquí se acaban las explicaciones y el raciocinio. Sólo impera la peculiar lógica del fanatismo, incomprensible incluso para las personas más sensatas y tolerantes. Frente a esta lógica, se pierde lo poco que podía quedar de razonable en el comportamiento humano, dando paso a la venganza furiosa sin importar demasiado las pruebas, pero está visto que la venganza no hace mella en un enemigo incapaz de tomar nota de la represalia.

 

 

 

 

 

 


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