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SUPLEMENTO DE DERECHO PENAL - EDITORIALES

La actitud del penalista: del monasterio medieval al compromiso político

Por Gabriel I. Anitua

 

Les escribo para felicitarlos por las continuidades y por las novedades del suplemento penal de eldial. También quiero compartir con ustedes algunas reflexiones en torno a la editorial del mes de marzo. Decía Daniel Pastor en esa oportunidad, y refiriendo breve pero eficazmente la actual situación apocalíptica, que “Son tiempos trágicos para el país y especialmente tristes para sus juristas”. Creo que esta “tristeza”, sin embargo, no debe producir inmovilismo ni degradar la tarea de los juristas a una racionalización de argumentos que no tengan en cuenta sus consecuencias. No puede llevarnos a creer que es posible seguir hablando de derecho sin pensarlo para modificar el mundo. Sobremanera esto es así cuando sospechamos que la “tragedia” que se mencionaba no es un producto divino o natural, sino que tanto la fuerte redistribución negativa de los ingresos como la creciente inseguridad (me refiero a la producida por la retirada del estado de sus obligaciones sanitarias, de trabajo y vivienda, educacionales, etc. y a la permisión de la precarización de amplias capas poblacionales) son la consecuencia de determinadas prácticas de la política y de la economía.

Estas son razones que obligan a todas las personas que sientan tristeza frente a la tragedia al compromiso político para modificar esas relaciones. Pero ello es mucho mas relevante en el caso de los penalistas, ya que mientras se aplicaban determinadas medidas económicas de exclusión (y para poder hacerlo) se organizaban medidas punitivas más represivas, menos garantistas y que incrementaban los índices de encarcelamiento (seleccionando a los excluidos previamente de las posibilidades de consumo). La tarea del jurista penalista, es evidente, no puede permitir que proliferen discursos como los que han promocionado en los últimos veinte años el cine estadounidense y tristes epígonos locales amedrentando a doña Rosa. Una mínima racionalidad jurídica impone la resistencia activa frente a los “justicieros por mano propia” o los policías de “gatillo fácil” o “mano dura”, que nos retrotraen a tiempos en que el mas fuerte tenía la razón. Pero también el jurista penalista tiene otra obligación para merecer tal título y ésta es la de limitar el poder punitivo del estado (que es selectivo) para impulsar el progreso y la felicidad de los individuos en un estado social y democrático de derecho (que debe ser igualitario).

En ese sentido se orientaron y se orientan los esfuerzos de Daniel Pastor en la mencionada editorial y en la amplísima y rigurosa obra con que nos ilustra sobre los límites jurídicos necesarios para el poder punitivo. También la edición toda de eldial que comento (tanto al procurar legitimidad para un recurso de queja o un registro de domicilio cuanto al compartir discusiones y denuncias de otros ámbitos estatales sobre las consecuencias de las políticas conservadoras de derecha en materia punitiva, que no son exclusivas de nuestro país) sirve de ejemplo de la tarea comprometida que tiene el penalista para impedir el holocausto diario de grandes masas de individuos. Es por ello que creo que la imagen que asociaba el trabajo de penalistas serios (como los que hacen esta revista) a la de los monjes medievales que reproducen un saber que no piensa en el mundo que los rodea no ha sido muy afortunada. Mucho menos conociendo como ustedes conocen las agudas críticas de Zaffaroni a un nuevo “bartolismo” tecnocrático que amenaza reemplazar al verdadero pensamiento jurídico penal. 

Mi reflexión no se limita a señalar esto, que quizá sea banal, sino que pretende advertir que, dada la aguda crisis del país y del mundo como consecuencia de las políticas liberal-conservadoras que continúan siendo hegemónicas en el pensamiento dominante, la tarea de los penalistas serios deba comprometerse aún más seriamente con la realidad.

Este compromiso político no debe eludir el escepticismo intelectual (homenaje que hago al título de un valioso artículo de Stanley Cohen) que produce la tarea de describir, o trabajar en, el sistema punitivo y saber de las dificultades para limitarlo. Esto es probablemente imposible cuando el “orden social” que se impone con el derecho no es justo ni beneficia a todos los individuos. La pregunta sobre el “orden social” fue la que dio lugar a las reflexiones críticas más importantes de algunos juristas (recordemos a Alessandro Baratta) y que deben ser recuperadas con razón hoy cuando la exclusión económica y la barbarie punitiva se nos hacen, a algunos, intolerables. 

En el camino de la denuncia hacia la propuesta (y la posibilidad de concretarla) nos invade el escepticismo. Escepticismo que aumenta, si cabe, después de la agitación del miedo frente al caos en nuestro país y de la misma estrategia que ha seguido a los atentados que constituyeron el acontecimiento 11 de septiembre. El poder punitivo (en políticas de seguridad exterior e interior) no ha surgido como respuesta a estos hechos pero sí puede haberse incrementado y obtenido “justificación” para darnos “más de lo mismo” al comprobarse su evidente crisis.

El “orden social” que ya no funciona es el que divide a los individuos entre algunos pocos “incluidos”, beneficiados por la concentración cada vez mayor del capital, y por el otro lado condena a ser una “nada social” a los “excluidos”. Hoy, ni unos ni otros gozamos de la seguridad vital necesaria y es eso lo que denominamos “tragedia” (“obra dramática cuya acción presenta conflictos de apariencia fatal que mueven a compasión y espanto…y en la cual la pugna entre libertad y necesidad termina generalmente en un desenlace funesto" según diccionario RAE).

Por no mencionar siempre y solamente a quien predijo hace más de 150 años estos extremos a los que conduciría la expansión del “orden social” del capitalismo, voy a recurrir a otros filósofos de ningún modo tachados de revolucionarios. Hace 2.500 años Aristóteles decía que sólo las bestias y los dioses podían vivir fuera de la ciudad: las primeras porque nada les estaba permitido y los segundos porque lo podían todo. Muchos años después, Hobbes inventaba una situación que ya no era el afuera social, sino la previa al contrato constitutivo de la sociedad: la guerra de todos contra todos. El capitalismo avanzado ha destruido las posibilidades de relaciones horizontales y privilegia las de tipo vertical, dejando en evidencia una situación de “guerra” que puede afectar a todos: en mayor medida a quienes viven como “bestias” y al margen de la sociedad, pero también a los pocos que viven como “dioses” y se pensaban a salvo en sus propias “cárceles” de seguridad y confort. Esta sociedad de rejas de uno y otro lado bajo el signo de la seguridad absolutizada y con los extremos mencionados del sistema punitivo, al igual que la internacionalización del capital y la difuminación de fronteras locales con respecto a éste, parece confirmar las profecías del viejo Marx, tal como decía Julio Maier en una editorial de NDP.

El “orden social” que nos lleva al desenlace funesto de la tragedia  es, entonces, lo contrario a un mundo en el que estemos todos integrados y, mucho menos, en el que tengamos iguales derechos y beneficios. A lo mejor esa es la pauta para que los juristas penalistas comprometamos nuestros esfuerzos para vencer el escepticismo. A la vez, pueden ser razones para convencer a quienes precisan de argumentos prácticos más que morales para articular proyectos menos egoístas. La desigualdad, la pobreza, la desesperación y la inviabilidad de un orden pueden revertirse si se refuerzan los lazos sociales horizontales y se reparan procesos históricos de exclusión con políticas de pleno empleo, con ingresos mínimos garantizados por el hecho de existir, con accesos a la educación diferenciados para favorecer a quienes fueron perjudicados, con sistemas de salud, seguridad social y justicia generalizados y no para el mejor postor (los penalistas, en la cátedra o de un lado y otro del “mostrador” de los juzgados, pueden hacer mucho para evitar la selección que llena las cárceles con pobres y perseguir la delincuencia financiera y económica).

 Resistir el embate de la derecha punitiva que defiende privilegios y desigualdades y luchar por un nuevo orden más solidario, pacífico y tolerante es una imposición de la razón y de la justicia. La tarea del jurista (también del penalista) no puede ponerse al servicio del poder punitivo excluyente ni permanecer neutral.

 

 


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