Por
Fernando Díaz Cantón
La población
está consternada por la crisis desatada a partir de la presunta existencia de
sobornos a senadores para la aprobación de la ley laboral. Particularmente
preocupante es la sospecha -alentada por ciertas declaraciones atribuidas por
los medios al propio juez de la causa- de que esos sobornos hayan provenido no
ya empresas interesadas en la pérdida de vigencia de los convenios colectivos -de
por sí grave-, sino de sectores oficiales urgidos por la necesidad de la
reforma, mediante la utilización de fondos reservados.
Hay quienes
opinan, sin embargo, que la existencia misma de los sobornos no es más que uno
de los modos habituales de conseguir propósitos políticos inalcanzables de
otra manera (la llamada realpolitik),
ya que -se dice- es impensable obtener esos fines con un debate parlamentario
presidido por la razón y la búsqueda de consenso. Desde este punto de vista,
simplemente habría quedado al desnudo una forma habitual de conseguir la
aprobación de algunas leyes consideradas gravitantes.
Pero ese
“sinceramiento”, escándalo aparte, provoca en nuestro todavía frágil
sistema republicano consecuencias que, de hallarnos en otro contexto histórico-institucional,
probablemente habrían llevado al colapso: una cadena interminable de
deslegitimación institucional, un verdadero círculo vicioso, un nudo gordiano
de impredecible desenlace.
El soborno como
método para la aprobación de leyes nos coloca ante una inquietante paradoja:
el delito habría resultado ser la vía para la existencia de la ley, que es
también la vía exclusiva y excluyente para la consagración y la represión de
las conductas delictivas.
Además, la
idoneidad del propio juez que investiga el caso ha sido cuestionada y está
siendo actualmente investigado por el Consejo de la Magistratura, del que también
forman parte legisladores sospechados por el mismo delito cuya existencia está
siendo averiguada por dicho juez.
Acabamos de leer
en los diarios que el único legislador que había sido procesado por exigir
dinero a cambio de algún acto propio de su oficio para favorecer a determinados
sectores ha sido absuelto (caso Varela Cid).
La imagen que se
nos presenta es la de jueces y senadores trabados en una lucha para evitar ser
sometidos a proceso y arrestados por los presuntos delitos que se les imputan,
delitos que tienen que ver nada menos que con la desnaturalización de sus
respectivas funciones. Estamos hablando de figuras penales estrechamente ligadas
entre sí. Por un lado el enriquecimiento ilícito, previsto y penado por el artículo
268 (2) del Código Penal: “Será reprimido ... el que al ser debidamente
requerido, no justificare la procedencia de un enriquecimiento patrimonial
apreciable suyo o de persona interpuesta para disimularlo, ocurrido con
posterioridad a la asunción de un cargo o empleo público y hasta dos años
después de haber cesado en su desempeño”. Por el otro el cohecho, penado por
el art. 256: “Será reprimido... el funcionario público que por sí o por
persona interpuesta, recibiere dinero o cualquier otra dádiva o aceptare una
promesa directa o indirecta, para hacer, retardar o dejar de hacer algo relativo
a sus funciones”. La vinculación se explica porque frecuentemente el
enriquecimiento ilícito proviene del cohecho, aunque también de la malversación
de caudales públicos (art. 261) o del simple hurto (art. 162).
Un poder
judicial imputado de actos indebidos investiga a legisladores que están
sospechados de hacer lo mismo. Ambos tienen prerrogativas frente a la persecución
penal -pensados no como privilegios personales sino como protección de los
justiciables- a los que tratarán de aferrarse para evitar el sometimiento a los
tribunales que los investigarían por los supuestos delitos que habrían
cometido.
Aquí es donde
aparece, por fin, la primera señal positiva: pese a que la necesidad de
precisar los alcances de los privilegios de los legisladores frente al accionar
del Poder Judicial (si se trata de inmunidad de proceso o de arresto) necesitaba
del concurso de las voluntades de los propios senadores (los propios imputados
tenían el poder de obstaculizar su propia persecución penal), estos, sin
embargo, han conformado un proyecto de ley que no impide su sometimiento a
proceso sino la coerción sobre sus personas. Si bien frente a la renuencia de
un legislador a someterse a proceso no queda otro camino que la coerción, para
la cual es indispensable el desafuero -con lo cual la merma del privilegio
carece de buena parte de su efecto práctico- la señal enviada al conjunto de
la sociedad es importante: los senadores han tomado debida nota de la gravedad
de la cuestión.
Estos y otros
pequeños destellos de salud republicana nos llevan a creer que esta crisis habrá
de resolverse intrasistemáticamente, como un signo de la madurez política de
la población. Los tradicionales “mesías” no se verán tentados a alzarse
en armas contra la Constitución debido a las consecuencias que podrían
soportar en un futuro por su accionar, que ni amnistías ni indultos pueden
neutralizar totalmente.
La crisis de
confianza en los legisladores no puede sino derivar en un demérito de su
producto principal: la ley. Este es
el instrumento principal de regulación de la convivencia y las relaciones
sociales y herramienta fundamental de preservación de la paz social y la
libertad. Urge revitalizar la legitimidad de la ley y con ello la del propio
Estado de Derecho.
“De
esta crisis -nos dice Marcos Aguinis- salen dos caminos. Uno, heroico, lleva a
una profunda y generalizada depuración, a una nueva era. El efecto dominó
ocurrido en el Congreso se transformará en un efecto dominó de creciente
responsabilidad, corrección y energía en vastos ámbitos. El oxígeno penetrará
en el resto de las instituciones e inyectará en el pueblo argentino la moral
que le está faltando. El segundo camino es resignarnos a diluir el asunto en
laberínticas negociaciones, atontarnos con nuevos escándalos o problemas. Y
haber perdido otra brillante oportunidad.”.
A esa
oportunidad, precisamente, nos encaminamos. Por fortuna, con independencia del
desenlace final de este conflicto, muy pronto, en diciembre del año 2001 tendrá
lugar la primera elección directa de senadores. Entonces escucharemos el
veredicto de la comunidad.
Fernando Díaz Cantón