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Eugenio
Raúl Zaffaroni ha asumido como Juez de la Corte Suprema de
Justicia de la Nación. Sin duda se trata del hecho más
trascendente para nuestro Poder Judicial desde 1989. Por
primera vez, desde entonces, el puesto de Ministro del más
alto tribunal del país ha sido confiado a alguien cuyos méritos,
que son la primera garantía de una elevada calidad de gestión,
provienen de diplomas indiscutibles. En efecto, si la
vacancia producida en la Corte debía ser cubierta con un
experto en derecho penal pero que además fuera un agudo
conocedor del derecho constitucional, del sistema de protección
de los derechos fundamentales, de la teoría general del
derecho y su filosofía, la elección de Zaffaroni no podría
haber sido más atinada.
¿Qué
se puede decir de Zaffaroni? ¿Qué se puede decir de su obra
(pues eso justamente es Zaffaroni en gran e imperecedera
medida), que por su magnitud, su profundidad, su intensidad,
llevaría décadas sólo el hecho de leerla y entenderla? ¿Qué
podemos decir nosotros, pobres y humildes principiantes, ante
la estatura del maestro y su erudición que, en cierto modo,
nos humillan? Modesta y resumidamente, sólo podemos
mencionar que se trata de un jurista notable, profesor de la
Universidad de Buenos Aires, Director del Departamento de
Derecho Penal y Criminología de su Facultad de Derecho,
reconocido tratadista de su materia y publicista grandioso e
infatigable sobre todas las cuestiones vinculadas al problema
criminal. Su prestigio trasciende las fronteras de Argentina.
Sus obras son guía y fuente de discusión para expertos y
estudiantes de toda Latinoamérica, incluido Brasil a través
de numerosas traducciones. En Europa su nombre y su obra
también son conocidos, hasta el punto de que recientemente
una Universidad italiana, para orgullo de todos los
argentinos, lo ha distinguido con el grado de doctor
honoris causae. Por lo demás, el nuevo Juez de la Corte
es, conocidamente, una persona de bien, de decencia
comprobada y de honradez inconmovible.
Entonces,
la elección de Zaffaroni, insistimos, no podría haber sido
más atinada. Guste o no la idea, el derecho es también un
saber —ciencia o seudociencia, no interesa— que se
aprende, se enseña y se cultiva académicamente. Es por ello
que, para ser Juez, primero hay que ser abogado, esto es,
haber aprendido el oficio de jurista durante largos años de
estudio en una Universidad. Y esos abogados han sido formados
(sólo en Argentina no huelga recordarlo) por profesores
universitarios. Así pues, si el cargo de Juez de la Corte
debe ser cubierto, en términos ideales, por el mejor en su
puesto, la lógica indica que quien tiene la venia de
profesor para formar abogados, que podrían ser jueces, es
quien, por lógicas razones, debería estar en el primer
lugar para ocupar el cargo. Por ello, la designación de Zaffaroni recibió la calurosa, contundente y mayoritaria aprobación en los círculos
académicos más importantes y prestigiosos. Si bien la legislación y su aplicación judicial
son cosa pública, el derecho (que es de lo que en definitiva
se trata) requiere, para su funcionamiento racional y
adecuado, de los conocimientos técnicos que demandan esos
duros años de estudio universitario. Todos
podemos opinar y tratar de decidir también en materia
de política sanitaria, pero cuánto mejor sería que la
cuestión quede en manos de médicos o, mejor, de profesores
formadores de médicos y sanitaristas.
La
gestión de Zaffaroni en la Corte marcará una gran
diferencia. Los graves problemas de la administración de
justicia, especialmente los referidos al ejercicio del poder
penal estatal, confrontarán ahora, en la cúspide de la
organización judicial, con un jurista inteligente, serio,
responsable, sensible y comprometido, que en la medida de sus
fuerzas irá imponiendo soluciones de calidad para esos
problemas, pues sus cualidades humanas y jurídicas aseguran
la calidad de sus productos.
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