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Ha
comenzado un nuevo año, en donde, tal como resulta típico y
hasta ritualista, nuevos deseos y anhelos son convocados al
unísono. Así, algunos desean salud, otros dinero, otros
amor, y algunos, más seguridad. O a la inversa, menos
inseguridad. Sin embargo, para modificar ciertas situaciones
no alcanzan las meras expresiones de deseos, sino que se
requieren soluciones que excedan al mero pragmatismo mediático.
Así lo exige la política de seguridad. Empero, no parece
ser el rumbo que pretenden
adoptar nuestros gobernantes. Veamos si no que ha sucedido por
estos días.
El
tema estrella sigue siendo los secuestros. Este debate parece
no querer abandonar el dudoso privilegio de ocupar el primer
lugar en las agendas públicas, particularmente en la
Provincia de Buenos Aires. El fuego aquí parece reavivado,
sobre todo en este último tiempo en que los blancos resultan
ser individuos con alto perfil mediático.
A
esto se suman las nuevas modalidades en esta práctica
delictiva: las bandas no sólo poseen la ayuda logística y
práctica de policías exonerados de la bonaerense, sino que
cuentan con amplias zonas liberadas y guiñadas de ojos de
los vigiladores privados, quienes conforman verdaderas
fuentes de información.
Desde
el Estado, la meta directa es frenar esta "locura"
criminal. En pos de esto,
nuevas directivas se están adoptando, sobre todo
desde el despacho del gobernador Solá. Así, entre las
novedades securitarias nos encontramos con el diseño de
planes piloto que intentarán conectar a los vigiladores
privados de la zona norte -y rica- con las comisarías
lindantes, y la instalación en la zona sur -y pobre- de
nuevos comandos departamentales policiales, con el objetivo
de colocar más patrullas en las calles y lograr una mayor
conexión entre el llamado de auxilio de la población y el
arrivo de los móviles. Asimismo, persiste la voluntad política
de que la Prefectura continúe rodeando villas como La Cava,
en donde no sólo se les exige a sus habitantes la exhibición
de sus documentos de identidad para acceder a sus hogares,
sino que los que tienen "cara de sospechosos" deben
pasar por un control de antecedentes penales (Lombroso
dixit). Estas disposiciones, sin embargo, no sorprenden. Las
mismas se encuentran, mutatis
mutandi, en sintonía con las últimas reformas
legislativas de emergencia que se vienen implementando en el
país desde hace más de diez años, políticas que logran únicamente
reformas cosméticas y golpes efectistas, más que soluciones
reales y cambios verdaderos.
Por
estos pagos la cosa no cambia mucho; el plan de Ibarra de
traspasar 500 efectivos de la Policía Federal al ámbito autónomico
de la Ciudad de Buenos Aires - con idea futura de incorporar
a un total de 2000 efectivos policiales -, el cual pretende
instaurar un modelo de policía comunitaria, famoso allá por
las europas (se sabe de nuestra debilidad por los modelos
securitarios extranjeros) díficilmente alcance su meta con
éxito; con el conocido tráfico de influencias, la escasa
educación cívica y el paupérrimo nivel de la institución
policial, parece destinado a una muerte prematura.
Empero,
es cierto que existe una demanda de seguridad por parte de la
sociedad. Sin embargo, el maestro Alessandro Baratta
nos indica que esta necesidad de los ciudadanos no es
solamente una necesidad de protección de la criminalidad y
de los procesos de criminalización, sino que corresponde a
la necesidad de estar y sentirse garantizados en el ejercicio
de todos los propios derechos: derecho a la vida, a la
libertad, al libre desarrollo de la personalidad y de las
propias capacidades, a expresarse y comunicarse, a la calidad
de vida, así como el derecho de controlar y a influir sobre
las condiciones de las cuales depende la existencia de cada
uno,
porque, en el último de los casos, el derecho a la seguridad
no es otra cosa que el derecho a los derechos.
Lo
cierto es que si el norte en materia de seguridad continúa
siendo implementar políticas belicistas, plagadas de la más
pura ideología de la seguridad urbana, el futuro se presenta
no sólo desolador, sino extremadamente represivo. Susan
Sontag nos brinda nuestras últimas palabras al respecto:
"De acuerdo, suframos juntos. Pero no hagamos el estúpido
todos juntos. Un poco de conciencia histórica puede
ayudarnos a entender qué es exactamente lo que ha sucedido y
qué más podría suceder".
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