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Tenemos Autoridad de la Competencia, ahora falta que el mercado se entere
Por Federico Esswein y Gonzalo Romero Villanueva
“Recientemente se acordó la designación formal de las autoridades de la Autoridad Nacional de la Competencia. Un acontecimiento desconocido para el público general e ignorado por el periodismo que podría ser el hecho más relevante en la histórica transformación anticorporativista que muchos soñamos ver en la Argentina. Es una revolución burocrática que encontró el pináculo en uno de los ámbitos menos esperados: el Senado de la Nación Argentina.”
“Nos costó muchísimo convertir la competencia en una institución. Eso finalmente ocurrió y merece ser celebrado. Pero el error empieza cuando se confunde este avance con tarea cumplida. El objetivo es que la competencia sea la norma, y para eso Argentina necesita mucho más que una autoridad constituida. Necesita un cambio cultural y de mentalidad.”
“Necesitamos que el empresariado, los reguladores y la discusión pública dejen de tratar como algo normal conductas que en cualquier economía seria prenden alarmas de inmediato. La naturalización del abuso explotativo por quienes detentan poder de mercado suficiente o la formación de carteles, incluso con la colaboración del propio Estado, son fenómenos inaceptables en una economía de mercado, libre, dinámica y próspera.”
“Y los cambios culturales en esta materia no empiezan con campañas pedagógicas. Empiezan cuando las empresas entienden que ya no todo da lo mismo. Empiezan cuando hay una autoridad profesional, visible e independiente que pide información, investiga conductas, revisa operaciones y sanciona cuando corresponde. Empiezan cuando competir vuelve a ser la regla y dejar de competir vuelve a tener costo.”
“Perjudicar a todos para beneficiar a pocos es siempre y en todo lugar una pésima política pública. Y si por algún motivo un gobierno pretende una acción pública de estas características, debe haber una estricta atención a la legitimidad de los objetivos, los medios, el plazo y la medición de la eficacia contra otras opciones menos lesivas.”
“Cada vez que una empresa captura o carteliza un mercado, bloquea la entrada de un rival, o explota una posición dominante, los consumidores pagan la cuenta. La pagan con innovaciones perdidas. La pagan con menos productividad y salarios más bajos. La pagan con precios desbocados. El pueblo (al que muchos dicen defender cuando lo obligan a comprar productos malos y caros) es el más castigado por las economías corporativas y cerradas.”
“Si mercados tan grandes como el de los medicamentos o los neumáticos reaccionan con una baja tan fuerte apenas aparecen competidores, el problema se explica solo. Cuando se permite que haya competencia, ganamos opciones para comprar productos en lugar de tener que comprar lo único disponible. Esa posibilidad es suficiente para que las empresas tengan que pujar precios a la baja.”
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Texto Completo
Tenemos
Autoridad de la Competencia,
ahora falta que el mercado se entere
Por
Federico Esswein(*)
y Gonzalo Romero Villanueva(**)
Recientemente
se acordó la designación formal de las autoridades de la Autoridad
Nacional de
la Competencia. Un acontecimiento desconocido para el público general e
ignorado por el periodismo que podría ser el hecho más relevante en la
histórica transformación anticorporativista que muchos soñamos ver en
la
Argentina. Es una revolución burocrática que encontró el pináculo en
uno de los
ámbitos menos esperados: el Senado de la Nación Argentina.
La
noticia es muy buena. El acuerdo cerró una deuda institucional de 27
años y con
ello completamos un mandato que llevaba pendiente desde 1999 cuando el
Congreso
obligó a la creación del Tribunal de Defensa de la Competencia.
Tuvieron que
pasar las presidencias de Carlos Menem, Fernando De la Rúa, Adolfo
Rodriguez
Saa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner,
Mauricio
Macri, Alberto Fernández y Javier Milei. En medio se modificó la norma
que
creaba el Tribunal y luego se lo eliminó del todo, se derogó la norma
inicial y
se la reemplazó por la Ley 27.442 de 2018, más moderna y completa, que
luego
fue completamente ignorada. Todo ello sin que jamás se avance en crear
una
autoridad autárquica, técnica e independiente, acorde a las prácticas
internacionales de todo el mundo libre.
Nos
costó
muchísimo convertir la competencia en una institución. Eso finalmente
ocurrió y
merece ser celebrado. Pero el error empieza cuando se confunde este
avance con
tarea cumplida. El objetivo es que la competencia sea la norma, y para
eso
Argentina necesita mucho más que una autoridad constituida. Necesita un
cambio
cultural y de mentalidad. Ahora empieza la parte decisiva.
Necesitamos
que el empresariado, los reguladores y la discusión pública dejen de
tratar
como algo normal conductas que en cualquier economía seria prenden
alarmas de
inmediato. La naturalización del abuso explotativo por quienes detentan
poder
de mercado suficiente o la formación de carteles, incluso con la
colaboración
del propio Estado, son fenómenos inaceptables en una economía de
mercado,
libre, dinámica y próspera.
Hace
poco, el dueño de Manaos contó en un podcast cómo compró Cunnington sin
auditoría, sin ver las fábricas, en efectivo y en una decisión que tomó
una
tarde para ejecutarse. La razón fue explícita. Heineken estaba por
quedarse con
la marca, y eso hubiera cambiado el tablero de fuerzas en el mercado de
gaseosas populares en Argentina. Para Manaos, en cambio, se había
abierto la
oportunidad de eliminar a su competidor más directo del mercado y así
poder
mantener precios más altos.
No
sabemos si una autoridad independiente podría haber bloqueado la
adquisición y
favorecer un movimiento competitivo. Es posible que los tests de
participación
de mercado no hubieran sido suficientes para exigir una intervención. Y
sin
embargo, conocemos las consecuencias. Un entrante potencial con músculo
financiero y capacidad de innovación quedó afuera. Relatado entre risas
y
aplausos, el movimiento se narró como astucia empresaria y se celebró
como
prueba de carácter. Esa mirada es parte del problema.
Otro
caso
de gran resonancia fue el que motivó la investigación por cartelización
de la
medicina prepaga. En un acto de desprecio por la libertad de mercado,
un
empresario admitió en público que movilizó a una organización que
nuclea al
sector salud a elaborar acuerdos para sustituir el sistema de
aprobaciones ex
ante de los aumentos en las cuotas que la medicina prepaga
factura a sus
usuarios. Lo dijo convencido de que aquella acción era legítima,
razonable y
necesaria. La pérdida cultural del funcionamiento de una economía de
mercado ha
llevado a eliminar las fronteras de lo ilícito en la mentalidad
empresarial
argentina. Urge asumir un compromiso con la libertad porque los caminos
a
medias terminan en peligrosas fórmulas de perjudicar a todos para
beneficiar a
pocos.
Generaciones
de una economía corporativa nos ha llevado a una naturalización donde
la norma
de competencia se encuentra en un desuetudo cultural y parece que no
existe ni
importa. Es tiempo de reaccionar y acelerar a fondo. Una buena política
de
competencia no mira solamente una foto de cuotas de mercado. Tiene que
mirar
también la rivalidad que se pierde y la disciplina que deja de operar,
la
innovación posible y los efectos en la calidad de los productos. Tiene
que
velar por las condiciones de mercado que favorezcan más a los
consumidores, que
somos todos. Ese es el punto central. La defensa de la competencia no
es un
lujo jurídico o de análisis microeconómico, es la condición mínima para
la
libertad económica.
Por
eso
la Autoridad importa tanto. Porque necesitamos un organismo que ponga
la
competencia encima de la mesa para empezar a cambiar incentivos. Y los
cambios
culturales en esta materia no empiezan con campañas pedagógicas.
Empiezan
cuando las empresas entienden que ya no todo da lo mismo. Empiezan
cuando hay
una autoridad profesional, visible e independiente que pide
información,
investiga conductas, revisa operaciones y sanciona cuando corresponde.
Empiezan
cuando competir vuelve a ser la regla y dejar de competir vuelve a
tener costo.
Perjudicar
a todos para beneficiar a pocos es siempre y en todo lugar una pésima
política
pública. Y si por algún motivo un gobierno pretende una acción pública
de estas
características, debe haber una estricta atención a la legitimidad de
los
objetivos, los medios, el plazo y la medición de la eficacia contra
otras
opciones menos lesivas. En Argentina los criterios de evaluación ex
ante
y ex post de regulación económica siempre han
brillado por su ausencia,
destacándose estándares altos de opacidad en el proceso de decisión. En
consecuencia, es mucho y urgente lo que se precisa revisar.
En
estos
meses pudimos escuchar a muchos empresarios lamentar en público la
pérdida de
rentas fantásticas gracias a la apertura de importaciones que los forzó
a bajar
de manera significativa los precios locales. Vimos a los laboratorios
quejarse
por la entrada de nuevos competidores. Vimos una empresa grande de
neumáticos
tratar de instalar como algo negativo que se puedan importar modelos
mejores a
mitad de precio. Cómodos y protegidos, se habían acostumbrado a
sostener
márgenes altos sin riesgo de perder mercados.
Estas
rentas no venían de la nada. Venían de los consumidores, que estuvieron
obligados a pagar precios más altos durante todo este tiempo.
Ciudadanos como
vos y como nosotros, restringidos de usar su propiedad privada para
otros
gastos, invertir, ahorrar o simplemente poder llegar a fin de mes.
Cada
vez
que una empresa captura o carteliza un mercado, bloquea la entrada de
un rival,
o explota una posición dominante, los consumidores pagan la cuenta. La
pagan
con innovaciones perdidas. La pagan con menos productividad y salarios
más
bajos. La pagan con precios desbocados. El pueblo (al que muchos dicen
defender
cuando lo obligan a comprar productos malos y caros) es el más
castigado por
las economías corporativas y cerradas.
Si
mercados tan grandes como el de los medicamentos o los neumáticos
reaccionan
con una baja tan fuerte apenas aparecen competidores, el problema se
explica
solo. Cuando se permite que haya competencia, ganamos opciones para
comprar
productos en lugar de tener que comprar lo único disponible. Esa
posibilidad es
suficiente para que las empresas tengan que pujar precios a la baja.
La
Argentina necesita menos capitalismo de renta y más capitalismo
competitivo.
Necesita menos fascinación por la concentración cómoda y más respeto
por la
rivalidad empresaria de verdad. Admirar a quien gana compitiendo mejor,
y no a
quien gana cerrando el paso o neutralizando rivales. Ese cambio tiene
que bajar
desde la institución hacia el mercado. Nadie necesita una clase de
moral
empresaria para entenderlo. Hay que afirmar la regla, establecer
incentivos
claros, y la conducta se acomodará sola. La Autoridad de la Competencia
ya
existe. Hagámosla valer. Y que el mercado se entere.
Citar: elDial.com - DC3848
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